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Mostrando entradas de septiembre, 2010

Carlos Rehermann, Dodecameron

En su ensayo "Magias parciales del Quijote" (Otras inquisiciones), Borges elabora un prolijo inventario de juegos realidad/ficción, puestas en abismo, regresos al infinito y otros recursos ficcionales y metaficcionales. Las mil y una noches, por ejemplo, apelan a la insinuación de un infinito cuando, en la noche central, la narradora comienza la historia de una mujer que para salvar su vida cuenta a un sultán una serie de historias encadenadas; en Hamlet, otra de las obras señaladas por Borges, asistimos a un desdoblamiento de personajes en espectadores al fingirse un escenario en algún rincón del espacio de lo representado, para mostrarnos una tragedia que no es otra cosa que una variación de la historia del príncipe enlutado que busca buscar su venganza. También cabría añadir Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, Vacío Perfecto y Magnitud imaginaria, de Stanislaw Lem, La trilogía de Nueva York, de Auster, y El atlas de las nubes, de Dave Mitchell, cada un…

Philip K. Dick, La transmigración de Timothy Archer

Con su última novela Philip Dick logró lo que venía persiguiendo desde el principio de su carrera: publicar por fuera del género ciencia ficción. No era la primera vez que lo intentaba; de hecho, novelas como Confesiones de un artista de mierda, Ir tirando y Voces de la calle, publicadas póstumamente, habían sido escritas a lo largo de la década de los 60 y los 70, mientras, para ganarse la vida, PKD escribía (dicen) un cuento por semana y una novela en seis días de escritura sin pausas, con los auriculares llenos de Beethoven y Wagner y una buena dosis de anfetaminas, siempre dentro del género y dinamitándolo desde adentro. Se ha dicho que estas novelas “costumbristas” carecen del sentido del humor y el ingenio de su producción más canónica (dentro de la CF y también un poco por afuera), como por ejemplo El hombre en el castillo y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, por nombrar los ejemplos más conocidos y no necesariamente los mejores (en mi opinión personal son in…

Eduardo Mizraji, En busca de las leyes del pensamiento

A fines del siglo XIII el filósofo mallorquín Ramón Llull ideó una máquina de pensar. Consistía en ruedas concéntricas con nombres, predicados de filosofía y teología y conectores; quien la manipulara, entregado a una suerte de fervor combinatorio, podría reconstruir un número de sentencias que funcionarían a manera de los juicios que estudia la lógica. Si los círculos fueran lo suficientemente completos, cabe adivinar, si estuviesen diseñados de acuerdo a una compartimentación adecuada y exhaustiva del mundo, de su uso deberían –necesariamente- desprenderse todas las verdades posibles, así como también todas las mentiras. Una máquina de pensar. Siglos después –consigna Borges en “La máquina de pensar de Raimundo Lulio”, del libro Textos cautivos recogido en Obras completas IV- Jonathan Swift se burlaría de la inspiración Llulliana en la tercera parte de Gulliver, apelando a un razonamiento análogo a aquel chiste que dice que un gran número de monos obligados a mecanografiar día y noc…