Ir al contenido principal

Carlos Rehermann, Dodecameron


En su ensayo "Magias parciales del Quijote" (Otras inquisiciones), Borges elabora un prolijo inventario de juegos realidad/ficción, puestas en abismo, regresos al infinito y otros recursos ficcionales y metaficcionales. Las mil y una noches, por ejemplo, apelan a la insinuación de un infinito cuando, en la noche central, la narradora comienza la historia de una mujer que para salvar su vida cuenta a un sultán una serie de historias encadenadas; en Hamlet, otra de las obras señaladas por Borges, asistimos a un desdoblamiento de personajes en espectadores al fingirse un escenario en algún rincón del espacio de lo representado, para mostrarnos una tragedia que no es otra cosa que una variación de la historia del príncipe enlutado que busca buscar su venganza. También cabría añadir Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, Vacío Perfecto y Magnitud imaginaria, de Stanislaw Lem, La trilogía de Nueva York, de Auster, y El atlas de las nubes, de Dave Mitchell, cada una de ellas desarrollando alguna de las estrategias que comentara Borges en su momento. Concluyamos, entonces, que no es difícil encontrar ejemplos de obras que puedan incluirse a un nuevo catálogo de magias, sean estas parciales o totales.
Sin embargo, coincidirá conmigo el lector, lo que sí es bastante infrecuente es dar con un libro, un sólo libro, donde, prolija y enciclopédicamente, sean jugados todos estos juegos...
Dodecamerón, de Carlos Rehermann, es ese libro. Imaginemos el itinerario de un lector posible:
Primero (al mirarlo en la librería, por ejemplo) sorprende por su extensión, en un ambiente literario dominado por novelas cuyo número de páginas promedio andará entre las 140 y las 180; después, pasadas ya las primeras veinte páginas, asombra por su ambición en apariencia desmedida (otra vez, su jugarse) y, capítulo tras capítulo, por la destreza con la que el propósito del libro va realizándose, completándose. El placer de lectura de ciertos relatos hace admirar la capacidad fabuladora del autor; páginas después, sólo cabe rendirse ante el inmenso número de referencias a la historia, la geografía, el arte, las ciencias, la vida y todo lo demás. Acercándonos al final no nos queda otra que asombrarnos por el atrevimiento, la valentía de exigir tal esfuerzo a los lectores, que deben ser capaces no sólo de decodificar tantos guiños y referencias sino también de hacer un ejercicio continuo de memoria para salir (más o menos) airoso de todas las trampas que Rehermann ha instalado en su libro.
Y, por último, al cerrarlo (aunque en realidad lo mejor sería ir hacia atrás y releer y reconstruir, seguir jugando o rejugando, sacándole jugo a esta fruta que parece inagotable) queda el sabor de haberse acercado a lo que en otras épocas se llamaba "novelas totales" o incluso "grandes novelas", Rayuela, Paradiso, Los Detectives salvajes...
Bien. Hagamos ahora un zoom out. Dodecamerón es en gran medida una reescritura de Los cuentos de Canterbury, Las mil y una noches, Manuscrito encontrado en Saragoza y, por supuesto, el Decamerón. Diez personajes que aguardan su rescate en un barco perdido en alta mar deciden contarse historias para entretenerse, diez por noche y una por pasajero hasta que arribe el rescate, tomando cada narrador como punto de partida el final de la historia que acaba de escuchar para proponer como aporte a la velada un nuevo relato vinculado o vinculable -pero a la vez independiente- en el que, por norma prefijada, cabe la posibilidad de "usar los nombres de personas conocidas, e incluso de los que estamos aquí presentes, aunque los cuentos sean ficciones" (p.15). Esas pautas son la clave (la fórmula del fractal, diríase) para la proliferación de narraciones, no solo en el sentido de acumular cuento tras cuento (hasta el total de 12 días, diez cuentos por jornada y dos secciones extra que agrega siempre el narrador, una como marco general de la novela y otra a modo de presentación de cada uno de los personajes, computando en total 144 relatos), sino también porque las ficciones se vuelven sobre sí mismas, se interpenetran, se refieren, apoyan y destruyen mutuamente, abriéndose la posibilidad de todos los juegos metanarrativos ya mencionados.
Una estructura tan compleja (a la vez que derivada de principios tan simples, y no en vano cada capítulo está precedido por una cita de la Monadología de Leibniz, otra gran discusión sobre el paso de lo simple a lo múltiple) se vuelve inagotable: cabe, sin embargo, elaborar modelos manejables, mapas, fórmulas. Dodecamerón, con barroca elegancia, se adelanta al lector y propone un modelo posible: la "vida y obra" de Jan Potocki, autor de Manuscrito encontrado en Zaragoza, también una reescritura de las Las mil y una noches y el Decamerón. Las referencias (a veces explícitas) a este escritor polaco (que es presentado también como personaje) atraviesan la novela, desde la presencia de ciertos objetos (históricamente ¿comprobables? ¿reales?) hasta la recurrencia de fechas clave y "temas" narrativos. Otro modelo posible se centraría en los motivos del narrador principal para dar cuenta de (y deformar e inventar) las historias que contó y escuchó junto a sus compañeros de crucero, todos ellos conectados en sus pasados (el tema casualidad/causalidad es un eje posible del libro) del mismo modo que las narraciones van vinculándose unas a otras… si es que creemos al narrador, claro está. Lo que decimos de los otros y de nosotros mismos, las mentiras que contamos para decir quienes somos y quienes preferiríamos no ser, el autorretrato posible que se desprende de qué elegimos contar y qué excluimos de nuestra narración, es otro punto de perpetuo retorno en esta novela, conjunción de voces que se presentan en su pluralidad pero que en el fondo son una: una historia y también muchas historias.
Quienes hayan leído El robo del cero Wharton (Trilce, 1995) y El canto del pato (Planeta, 2000), encontrarán temas que retornan y personajes (que parecen) recurrentes. Es posible que el impulso cortazariano de El robo… encuentre aquí su cristalización máxima, construyendo dentro de la obra de Rehermann una relación entre estos textos que podría recordar las líneas trazables entre “El perseguidor” o Los premios y Rayuela. En cierto modo, la novela de 1995 contiene, a escala, escenas cuyo plan general es desarrollado y ampliado en Dodecameron, como el pasaje en que algunos de los personajes narran sus experiencias orgásmicas. Del mismo modo, los juegos de identidad que encontramos en El canto del pato cobran otro relieve al considerar el proceso como figura protagónica de Alejo, narrador de ambas novelas. No porque se trate “del mismo personaje” en un sentido de biografía ficticia, sino trascendiendo los elementos clásicos de la caracterización para presentar figuras que sirven –como en la narrativa de J.G.Ballard- de polos y vectores dentro de la novela, indicando sus principales líneas conceptuales y también temáticas. De hecho, más que de “personajes” o, más ingenuamente, de “personas”, aquí cabría hablar de vértices y aristas.
Decir que Dodecameron sorprende, asombra y maravilla, es decir también que todo intento de reseñarla con pretensiones de pertinencia no podrá más que generar las reacciones contrarias, además de presentar al reseñista, en el mejor de los casos, como un tonto laborioso. Pertenece, en tal sentido (y en otros) a esa tradición de novelas inabarcables que incluye al Ulises de James Joyce y a El Arcoiris de la gravedad, de Thomas Pynchon.
¿Qué más podría añadir entonces que no generara que esta reseña proliferase de modo inútil e ilegible? Propongo, para cerrar, un juego ucrónico; pensemos en un mundo alternativo en que Rehermann, y no Dan Brown, terminó por convertirse en un fenómeno editorial a nivel mundial. En las librerías de este cosmos literario encontraríamos libros como:
1) Literatura y precognición: el caso Rehermann. Mediante un hábil análisis basado en la magia ritual de Eliphas Levi el autor de este libro concluye que los hechos narrados en Dodecamerón implican una profecía del fin del mundo.
2) Diccionario enciclopédico de Dodecamerón: prolijo índice de todas las referencias, párrafo por párrafo, de la novela.
3) Dodecamerón anotado: tratado académico lleno de referencias mal leídas. El autor, Don Gifford, no siempre es confiable.
4) Dodecamerón desmentido: prolija relación alfabética de los errores de typeo cometidos por Rehermann, con clara mala intención.
5) Sobre la monadología de Leibniz y su relación con la obra de Carlos Rehermann. El título habla por sí mismo.
6) Manual de cybertravestismo y fetichismo virtual (con ejemplos tomados de la obra de Carlos Rehermann). Obra de referencia obligada para los/as practicantes de este antiguo arte.
7) El cero Wharton y el metro de platino iridiado: ¿una conspiración masónica?
Dejo las entradas siguientes de esta lista a la imaginación del lector, que deberá primero animarse (y divertirse) con esta novela, quizá la primera monstruosidad, en muchos años, de la literatura uruguaya.
Ya era hora.

Publicado originalmente en La diaria, 8/11/2008

Comentarios

  1. para cuando la de la Fundación de Asimov? ya la leí en la Diaria pero está muy buena por la perspectiva global de la serie.
    abzo
    V

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Tarántula, Bob Dylan

César Aira, El marmol

Glóbulos de mármol y conspiraciones alienígenas


Las primeras páginas de El mármol, una de las novelas de Aira editadas este año, ofrecen el enigma que el resto del libro se propondrá resolver. En los alrededores de un supermercado un hombre está sentado sobre un bloque de mármol. Se ha bajado los pantalones y se mira las piernas y los genitales, aliviado de encontrarlos. ¿Cómo ha llegado allí? ¿Por qué esta casi desnudo en un espacio público? ¿Y por qué se siente aliviado al comprobar que no ha perdido las piernas o los genitales? El narrador de la novela es ese hombre sentado sobre el mármol, y no conoce la respuesta a tantas preguntas. Busca en su memoria pero el recuerdo se niega a aparecer, así que se propone un sistema para encontrarlo: escribir. El resto del libro será esa indagación, y encontrará su punto final apenas surjan el recuerdo y la respuesta a esas preguntas. En ese sentido, pocas novelas de César Aira (Coronel Pringles, 1949) son tan redondas como El mármol, que llama…

Philip K Dick, Exégesis

Teorías salvajes y el secreto del universo
Un día de febrero de 1974 el escritor estadounidense Philip K. Dick fue al dentista. Hacía días que el dolor en una de sus muelas del juicio se había vuelto insoportable y era necesario extraerla. El proceso implicó el uso de pentotal sódico como anestésico, pero para cuando Dick regresó a su casa el dolor arreció, así que llamó por teléfono a una farmacia cercana y ordenó analgésicos. Al rato una empleada le trajo el pedido; tras abrirle la puerta Dick se quedó absorto por unos instantes: la chica llevaba un colgante con un símbolo que el escritor no reconoció, con forma de dos semicírculos entrelazados para sugerir la forma de un pez… Y brillaba. El colgante arrojaba un extraño resplandor inagotable, para el asombro de Dick, que no atinó a otra cosa que a preguntarle a la muchacha el significado de aquel símbolo. Se trataba del llamado “signo del pez”, por la palabra “pez” en griego koiné, formada con las iniciales de algo así como “Jesús Cri…