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César Aira, El marmol


Glóbulos de mármol y conspiraciones alienígenas



Las primeras páginas de El mármol, una de las novelas de Aira editadas este año, ofrecen el enigma que el resto del libro se propondrá resolver. En los alrededores de un supermercado un hombre está sentado sobre un bloque de mármol. Se ha bajado los pantalones y se mira las piernas y los genitales, aliviado de encontrarlos. ¿Cómo ha llegado allí? ¿Por qué esta casi desnudo en un espacio público? ¿Y por qué se siente aliviado al comprobar que no ha perdido las piernas o los genitales?
El narrador de la novela es ese hombre sentado sobre el mármol, y no conoce la respuesta a tantas preguntas. Busca en su memoria pero el recuerdo se niega a aparecer, así que se propone un sistema para encontrarlo: escribir. El resto del libro será esa indagación, y encontrará su punto final apenas surjan el recuerdo y la respuesta a esas preguntas. En ese sentido, pocas novelas de César Aira (Coronel Pringles, 1949) son tan redondas como El mármol, que llama la atención en el contexto de la narrativa reciente de su autor, El error, por ejemplo, o La confesión, textos más bien marcados por la inconclusión o por el gesto del narrador de abandonar la historia, o del escritor por acabar el libro y comenzar el siguiente. De hecho, uno de los múltiples elementos que generan un nivel metanarrativo en El mármol es la irrupción en la historia del aburrimiento del narrador, que se cansa de escribir para buscar esa memoria perdida y deja el trabajo de lado, lo retoma más tarde e insiste hasta que, liberado por el recuerdo que ha encontrado, cierra su discurso.
El relato/investigación comienza con una ida al supermercado. El narrador paga y aguarda el vuelto, pero el cajero, que es chino y no habla castellano, no tiene cambio, así que le señala un montón de chucherías y le indica que elija una. El narrador, un poco irritado, toma unas pilas AAA, pero aun no queda completa la cantidad de dinero, por lo que el cajero le insiste con los objetos y el narrador, sorprendido ante el poco valor de las pilas, elige algo más: un ojo de goma que emite luz. Pero tampoco. El vuelto debe haberse reducido a una cantidad despreciable de centavos, pero aun así el cajero insiste en no deberle absolutamente nada, y el narrador debe tomar algo más, en este caso una tabla de proteínas y después (como si se tratara de una suerte de carrera entre Aquiles y la Tortuga, con restos infinitamente divisibles) una hebilla dorada, y después una cucharita-lupa, y después un anillo de plástico, y después una cámara fotográfica miniatura. El narrador razona que a esas alturas el vuelto debe haberse reducido a fracciones de centavos y el cajero, implacable, saca su última carta: un puñado de bolitas o glóbulos blancos, que parecen de mármol (luego nos enteramos de que están hechos de una misteriosa sustancia llamada pre-mármol). El narrador los acepta y sale del supermercado; en la instancia de la producción del relato surge una posibilidad: los glóbulos eran de mármol y el recuerdo faltante implicaba estar sentado sobre un bloque de mármol. ¿Hay una pista allí?
“La lapicera volvió a quedar suspendida un rato sobre el cuaderno”, leemos en la página 27, “aunque me consta que la memoria es refractaria al método, intenté acercarme por descarte. No hay tantas ocasiones posibles en que uno se saque la ropa fuera de su casa… ¿un lance de sexo? … ¿El probador de una tienda?  No, en vano. Lo más que podría rendir este ejercicio de busca sería darme por asociación la punta del hilo que me llevaría al recuerdo. Y sospecho, no sé por qué motivo, que lo que me llevará a esa asociación de idas será algo que no tenga nada que ver con nada, algo que venga del lado menos previsible”.
Si pensamos en ese nivel metanarrativo del que hablaba más arriba queda claro que “algo que no tenga que ver con nada” funciona como una posible destrucción del hilo causal que el lector seguramente busca en cualquier texto narrativo; El mármol, entonces, puede leerse como una búsqueda del camino más tortuoso, improbable, rebuscado y menos creíble imaginable entre el punto A (el incidente del supermercado, que el narrador fija como principio) y el punto B (el momento de mirarse las piernas desnudas sentado sobre el bloque de mármol).

Cristal alien
A lo largo de ese camino (que es la novela) la proliferación de historias y situaciones se acerca al delirio, incluyendo extraterrestres idénticos a los seres humanos que se establecen al frente de supermercados en el barrio porteño del Bajo Flores, sistemas de tráfico de información entre planetas también idénticos, una misteriosa nostalgia alienígena ante mundos indistinguibles y una misteriosa máquina capaz de multiplicar los mundos. Y hay un eje a lo largo de ese camino, un esqueleto, podría decirse: los objetos obtenidos a modo de vuelto en el supermercado irán encontrando su lugar en la trama, las pilas activando un control remoto que empleado de cierta manera en un televisor dará la pista del siguiente paso en la misión del narrador o la conspiración alienígena.
Lo metanarrativo está presente en virtualmente todas las páginas, desde reflexiones sobre lo absurdo de los acontecimientos hasta una crítica (precisamente) a lo inverosímil de los argumentos en las novelas o películas de ciencia ficción, pasando por una variedad de sentencias como “El aterrizaje fue un anticlímax” (adecuadamente dispuesta a 6 páginas del final) o “…estas rememoraciones, que voy sacando trabajosamente de mi galera interior”, pero se trata apenas de una faceta más del complejo cristal alienígena que es (o al que juega a ser) esta novela.
El narrador es uno de los personajes más divertidos creados recientemente por Aira: un veterano ocioso que vive de su mujer y está todo el tiempo rozando la culpa, a la vez que deja pasar su vida entre simples tareas hogareñas y programas de entretenimiento en televisión; su colisión con lo extraordinario (aliens, sustancias extrañas que parecen salidas de Stone junction, la genial novela de Jim Dodge, sincronías, conspiraciones…), al modo de los gigantescos aceleradores de partículas que indagan los componentes últimos de la materia, genera una explosión seguida por una lluvia de partículas exóticas, como los glóbulos de mármol, el ojo de goma o la misteriosa la estatuilla de un sapo, central a la trama.
La novela fue publicada con tres portadas diferentes, y no faltó quien (el crítico y escritor Antonio Jiménez Morato, conocido coleccionista de libros de Aira, es un ejemplo) borgesianamente sugiriera que acaso se trate de tres libros distintos, con sutiles diferencias. Esa hipótesis, por fascinante que pueda parecer a algunos –entre los que me incluyo– no es necesaria para confirmar que Aira, como dijo Norman Mailer de William Burroughs, es uno de los pocos escritores vivos poseídos por el genio. El mármol es evidencia suficiente, y, además, una de las novelas más divertidas publicadas en los últimos años.

Publicada originalmente en La Diaria el miércoles 31 de agosto de 2011

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