viernes, 3 de marzo de 2017

Harry Potter y el legado maldito, J.K.Rowling, John Tiffany, Jack Thorne



Volver a la magia
 
Los defectos de la serie de libros infantiles (los primeros 2 o 3) y juveniles (los restantes) protagonizados por Harry Potter y ambientados en el universo ficticio ahora llamado “Wizarding world” son fáciles de señalar. En tanto narrativa (J.K.Rowling, la autora, una y otra vez evita narrar las escenas más difíciles o complejas, por ejemplo), en tanto creación consistente de un universo ficcional (cada libro incorpora alguna que otra nueva regla de ese mundo, que habría sido especialmente relevante en las entregas anteriores) y en tanto fantasía épica o fantasía a secas (los “préstamos” de los grandes libros del género no sólo son evidentes sino que no parecen especialmente desarrollados), pero nada de esto importa en realidad, porque los siete libros publicados entre 1997 y 2007 son deliciosamente entretenidos y pródigos en personajes encantadores y aventuras. Sí, se puede objetar una y otra vez que el giratiempo de Harry Potter y el prisionero de Azkabán habría sido especialmente útil antes y después de lo acontecido en ese libro, pero del mismo modo que los reparos hacia la facilidad con la que los rebeldes destruyen la Estrella de la Muerte no le quitan ni una pizca de lustre a Star Wars, los fans del mago de la cicatriz en forma de rayo han aprendido a pasar por alto ciertas inconsistencias.
 
La serie cuenta, en líneas generales, los detalles de la reaparición de Lord Voldemort, el mago más poderoso que jamás haya vivido; Harry Potter, con la ayuda de sus profesores y amigos, termina por derrotarlo y devolver el orden al Wizarding World. Los mejores momentos de la historia son oscuros y hasta fascinantes: la búsqueda de los horrocruxes (objetos que encierran parte del “alma” de quien los crea mágicamente) en los últimos libros y la “batalla de Hogwarts” cercana al final son buenos ejemplos, como también el torneo de los Tres Magos en Harry Potter y el cáliz de fuego. A la vez, la serie funciona a la perfección como un bildungsroman y tiene en la interacción entre sus personajes (que son esquemáticos y a la vez detallados, lo cual no es fácil de lograr) uno de sus encantos más importantes, fuente de escenas memorables y hasta conmovedoras.
 
El año pasado se estrenó en Londres una obra teatral titulada Harry Potter and the cursed child, que regresa al Wizarding World y cuenta qué fue de Harry, Hermione, Ron y sus hijos diecinueve años después del final de Harry Potter y las reliquias de la muerte. El libro publicado en castellano hace poco con el título de Harry Potter y el legado maldito –y la estética de tapa de las siete novelas de la serie– ofrece el texto que fuera utilizado en los ensayos y se espera para más adelante en 2017 –al menos en inglés– una edición definitiva (es decir, con los cambios realizados después del estreno).
 
Conviene aclarar que el libro no está escrito por J.K.Rowling. La escritora aportó la idea básica, ésta fue refinada por John Tiffany (quien dirigiría la obra) y eventualmente el texto fue puesto a punto por el dramaturgo Jack Thorne. Este esfuerzo grupal logra de alguna manera –lo cual es lógico teniendo en cuenta el destino para el que se reservaba el texto– esquematizar y estilizar lo narrado, hasta el punto de que aquí y allá resulta algo predecible o simple por demás. Es posible, de todas formas, que Thorne y Tiffany hayan no sólo leído atentamente los siete libros de la serie sino que lograsen efectivamente entender cómo funciona: en ese sentido, la interacción entre los personajes opera tan bien como en los precedentes, y la “novedad”, es decir la relación entre (y las aventuras de) Albus, hijo de Harry Potter y Ginny Granger, y Scorpius, hijo de Draco Malfoy y Astoria Greengrass, se mueve cómodamente en las pautas fijadas por Rowling en sus libros. Quizá no haya grandes aportes al Wizarding World, y de hecho cabe señalar no pocas inconsistencias en relación el texto digamos “canónico” de los siete libros de la serie, pero –del mismo modo que todos los grandes relatos de H.P.Lovecraft funcionan más o menos del mismo modo en cuanto a la trama: hay una irrupción de lo extraño en el mundo cotidiano, se comprende que esa irrupción podría destruir a la humanidad, finalmente la irrupción se cancela pero el peligro sigue allí, latente– la forma del relato se corresponde a la de éstos, con una serie de anuncios del regreso del enemigo definitivo de Harry Potter (o sea Voldemort) y la aparición, disimulada al principio, de un personaje que actúa como avatar del mago maligno. Sobre ese esquema básico, además, opera lo que podríamos llamar la “novela de personajes”, que libro tras libro se organiza como el ya mencionado bildungsroman. Así, en Harry Potter y el legado maldito, el proceso de aprendizaje y crecimiento encuentra a un Harry cuarentón que está aprendiendo a ser padre de un adolescente problemático, mientras que el chico en cuestión empieza a pasar por las distintas etapas de la educación mágica con el peso de ser hijo de uno de los magos más famosos del Wizarding World. Esa pauta digamos extra de complejidad es un aporte bienvenido y, si fuera sólo por ella, sin duda esta obra de teatro funcionaría a la perfección en la serie de relatos sobre Potter.

Depurando detalles
Hay, sin embargo, algunos asuntos que hacen pensar lo contrario. Para empezar, la atención puesta en Potter padre y Potter hijo relega a lo (aún más) esquemático a otros personajes, y el que más queda perjudicado por esto es Ron Weasley, uno de los más entrañables por cierto, que en los libros crece en estatura y dignidad y, por lo que se deja entrever, se convierte en un mago de relieve, mientras que en Harry Potter y el legado maldito lo vemos como todavía más estúpido que en los primeros momentos de la serie (hay una escena especialmente tonta en que agarra una varita mágica al revés). En un sentido similar a este, las referencias recurrentes a los libros (algo similar a lo que pasó con El despertar de la fuerza, séptimo episodio de Star Wars) llegan a trabajar en detrimento del logro del texto, no sólo porque parece gratuito muchas veces que se nos vuelva a contar lo que ya sabemos (la “escena fundamental”, digamos, del primer encuentro entre Voldemort y Harry bebé) sino porque asoman incluso algunas inconsistencias (habría que ver, en todo caso, si los autores pensaron en los libros como canónicos o si en su lugar pusieron las películas, cosa bastante probable). En general, entonces, lo ofrecido resulta algo simple por demás, básico si se quiere.
 
De hecho lo que más se extraña es la voz narrativa de Rowling y su vocación (que acaso pueda ser vista como uno de esos defectos entrañables) de ofrecernos abundantísimos detalles muchas veces sin importancia. Está claro que en la economía de una obra de teatro –como en la de una película– ese sacrificio es inevitable, pero en este caso parece fácil sentir que efectivamente algo se ha perdido. O, al menos, aparece en el lector el deseo de que eventualmente Rowling publique una novela que cuente esta misma historia; su mundo mágico, dicho de otro modo, tiene en los detalles su atractivo más grande (en la mera profusión, ya que no en su lógica rigurosa), y por eso si extirpamos esa parte del producto final, salvo que lo hagamos muy bien –como pasa en las películas, hecha quizá la excepción de Harry Potter y la Orden del fénix, seguramente la que más se resintió de la traducción entre lenguajes y el pasaje de cientos de páginas a un par de horas– quedará gusto a poco. 
 
Es interesante como Harry Potter y el legado maldito está pensado para su lectura en tanto libro (en oposición a su mera función relativa a la puesta en escena, es decir); así, las didascalias notoriamente trascienden su función y dialogan con el lector del libro, sin duda para hacer la lectura más llevadera.
También vale la pena detenerse en un aspecto más de la obra. Buena parte de la trama involucra viajes en el tiempo y asume una lógica a la Volver al futuro, que permite que los viajes (con los giratiempos que ya conocíamos, sólo que ahora amplificado su poder a años o incluso décadas) alteren ciertos acontecimiento y ocasionen presentes alternativos. Esa unión de un tópico de la ciencia ficción con un contexto de fantasía funciona bien y parece plausible en el contexto del Wizarding World (además de que ofrece breves pantallazos de mundos tenebrosos que llegan a impactar al lector), por más que se la construya de modo ligero y esquemático y, si se la piensa bien, deje más interrogantes que respuestas (y, por supuesto, debatir este punto implicaría unos cuantos spoilers, así que mejor dejarlo así).

Publicada en La Diaria el 24 de febrero de 2017

De animales a dioses y Homo deus, Yuval Noah Harari



It's evolution, baby



El ancestro más reciente que compartimos los Homo sapiens con los chimpancés vivió hace un promedio de ocho millones de años; si bien la primera divergencia genética pudo ocurrir hace doce, la subsiguiente hibridación acaso se extendió hasta hace cuatro, momento en que el registro fósil contiene una serie de especies entre las que aparecen las primeras evidencias de bipedalismo y uso de herramientas. A partir de ahí el panorama se complica, y en lugar del consabido (y erróneo) esquema de sucesión lineal, diversas especies de primates que se apartaron genéticamente del linaje que desembocaría en los chimpancés (y, por supuesto, de los aún más alejados gorilas y orangutanes, junto a otras especies extintas de grandes simios u homínidos) conviven a lo largo de los millones de años que las separan del presente. Eventualmente casi todas se extinguen, pero a lo largo de los últimos cientos de miles de años llegan a convivir al menos cuatro (de las que se tiene noticia) ya incorporables al género Homo: la última en diferenciarse fue la nuestra, sapiens, que apareció en África entre doscientos y cien mil años atrás y compartió el mundo con neanderthalensis, floresiensis, denisovan  y acaso heidelbergensis. La historia que sigue es simple: finalmente sólo quedamos nosotros. Quizá el último de los otros humanos en desaparecer haya sido floresiensis (hay indicios de que pudo haber sobrevivido hasta hace 12.000 años), pero, a la vez, investigaciones recientes han señalado que parte de nuestro genoma proviene de estos humanos extintos. Así, después de una serie de migraciones fuera de áfrica, los sapiens nos encontramos y copulamos con los nendertales, de manera que quienes descendemos de poblaciones eurasiáticas llevamos marcas de esa hibridación (a la vez, los sapiens originarios de Nueva Guinea, Australia y Filipinas conservarían genes de los denisovanos). 

En cualquier caso, allí donde fueron los sapiens desaparecieron no sólo los otros humanos sino también especies de mamíferos y aves  (la megafauna australiana es un buen ejemplo). ¿Coincidencia? Acaso los sapiens desarrollamos algún tipo de ventaja o facilidad adaptativa; si bien se sabe que los neandertal enterraban a sus muertos y habían accedido a cierta tecnología de la piedra tallada, los sapiens dieron eventualmente el llamado gran salto adelante consistente en la aparición del lenguaje articulado y la cultura (sabemos ahora que muchos otros primates poseen también formas de cultura, pero son rudimentarias en comparación con la nuestra). Y ahí, más o menos hace 70.000 años, cambió todo. Fue una verdadera revolución cognitiva, y pronto los sapiens empezaron a creer en grandes ficciones que aportaron la manera de organizar hordas en tribus y tribus en pueblos. Eventualmente (hacia 11.000 atrás) esa organización cristalizó en el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de animales como los perros, las vacas y especies vegetales como la papa y el trigo; los plantíos volvieron sedentarios a los antiguos nómades y remplazaron la economía de cazadores-recolectores con una vida aún más pendiente de los ciclos de la vegetación y las estaciones. Sigue la aparición de las primeras ciudades y la organización de los grandes imperios, a la vez que la diversidad cultural empieza a enfilarse hacia una forma de globalización y, hacia el siglo XVI, estalla la revolución científica, seguida pocos siglos más tarde por la revolución industrial. Hemos logrado reducir significativamente la mortalidad infantil, desterrado un gran número de enfermedades infecciosas, reducido significativamente el impacto de las guerras (actualmente hay más muertes por suicidio que por conflictos bélicos), creado máquinas que van camino a reproducir o superar nuestros procesos mentales, pisado la superficie de la Luna y etcétera. Es cierto que la noción de “progreso” es complicada (sin ir más lejos, la vida de un agricultor del año 900 no necesariamente era “mejor”, en cuanto a diversidad alimentaria y calidad de vida, que la de un cazador-recolector de 50.000 años atrás), pero pese a nuestras neurosis y ansiedades y a los daños quizá irreparables al medio ambiente y a otros animales (en particular esos que nos comemos), sapiens ha logrado acomodar el entorno a la medida de sus necesidades y modificar el mundo de maneras que ninguna otra especie ha logrado jamás.
De animales a dioses, el libro del historiador israelí Yuval Noah Harari (1976), cuenta esta historia en más o menos 450 páginas; su secuela, Homo Deus, publicada en castellano a fines del año pasado, proyecta la saga del Homo sapiens hacia el futuro.

Nada de lo humano
Además de por la atención a la macrohistoria y las perspectivas más amplias, los libros de Harari son especialmente interesantes por su exposición de esas ficciones socializadoras en que todos creemos. Es fácil entender a qué se refiere: a los estados, las naciones, las corporaciones, el dinero y los dioses, entidades ficticias –nadie las ve caminando por ahí– que operan como realidades intersubjetivas en las que creemos y nos “ayudan” a organizarnos colectivamente. Atendiendo a la interacción entre esas ficciones Harari concibe a la historia –hasta mediados del siglo XX– como un pasaje de la hegemonía de las teocracias a la de las religiones humanistas como la democracia liberal o el socialismo.

 Pero, un momento, ¿religiones humanistas? Este es sin duda uno de los puntos más interesantes del libro: Harari define a las religiones como un sistema de normas y valores humanos que se fundamentan en la creencia de un orden superior, y es fácil ver que el cristianismo, por ejemplo, postula valores que nos implican a todos y están justificados por un orden sobrehumano. Pero el humanismo, entendido como “la creencia de que Homo sapiens tiene una naturaleza única y sagrada, que es fundamentalmente diferente de la naturaleza de todos los demás animales y de todos los otros fenómenos (…) la cosa más importante del mundo (…) que determina el significado de todo lo que ocurre en el universo (…) el bien supremo es el bien de Homo sapiens”, De animales a dioses, p.256), también se apoya en un orden no pautado por los humanos: el que los coloca en su posición especial, en tanto no somos nosotros los artífices de nuestra “esencia única” o lo que sea que nos hace especiales, sino que hay un orden superior del que esa cualidad que poseemos es consecuencia. Las variantes son, para Harari, el humanismo liberal (que pone el énfasis en la libertad individual y lo sagrado en la “voz interior” que todos debemos escuchar: es el predicado por buena parte de la literatura y el cine, y de ahí viene el “sé tu mismo” de Holywood) y asociado al capitalismo, el socialista (que pone el énfasis en lo colectivo, en las instituciones, y el valor fundamental en la igualdad) y el evolutivo, que admite que la humanidad es una especie mutable y se propone evitar la “degeneración” a la vez que promover la evolución hacia lo superhumano (en tanto esa capacidad de progreso sería esencial o inherente a la especie y por tanto debe ser sacralizada). 

La ciencia, en rigor, no reconoce (o cada vez reconoce menos) esencia alguna ni sacralidad: la conciencia (salvo que tengamos fe en dualismos, en el “alma” o en el “espíritu”) ha de explicarse desde la interacción de las neuronas y, por lo tanto, toda actividad humana es la expresión de un número de algoritmos (procedimientos paso a paso). No hay, acaso, un “algo más”, un “fantasma en la máquina”: no hay libre albedrío ni tampoco un sujeto que experimenta el mundo, sino apenas máquinas que funcionan o dejan de hacerlo. Siri –el programa de Apple– y yo somos básicamente lo mismo, salvo que yo soy un poco más complejo; pero démosle tiempo a Siri. Y a Google. Y al algoritmo de Amazon que sabe qué discos y libros me gustan y que tarde o temprano le compraré.


¿Futuro (im)perfecto?
¿Qué pasa con el futuro, entonces? Harari señala que estamos a punto de ser capaces de modificar nuestros propios genes no sólo para vencer definitivamente ciertas enfermedades sino para incluso extender la vida y aumentar todas nuestras posibilidades. ¿Por qué no hacerlo, en última instancia? ¿Por qué no pasar de curar las enfermedades a prevenirlas definitivamente? ¿A desterrarlas? ¿A vivir indefinidamente? La tecnología puede estar allí: sea modificación genética o nanobots que recorren nuestra sangre matando células defectuosas, no se trata de nada nuevo, ni a nivel de investigación real ni, mucho menos, a nivel de especulación de escritores de ciencia ficción (basta con leer Música en la sangre, por ejemplo, el clásico de Greg Bear); pero, notoriamente, esa criatura amortal (no inmortal, en tanto siempre podrá ser vulnerable a accidentes o a la violencia) mitad biológica y mitad cibernética, o toda cibernética, o apenas algoritmos en la red (en oposición a algoritmos en organizaciones de neuronas y otras células, cosa que ya somos), ya no será más humana. 

O, en cualquier caso, si nuestras inteligencias artificiales pasan a controlar el mercado y la economía, a administrar los territorios y a presidir sobre un mundo completamente globalizado (el imperio definitivo), ¿qué pasará con los humanos de carne y hueso? Quienes tengan los medios podrán ser mejorados, digamos, pero ¿qué pasará con los otros?

Harari se plantea estas preguntas  y no ofrece una respuesta única; su enfoque es más descriptivo que normativo y está más preocupado por los relatos que nos proponemos para abordar los problemas; así, distingue (en buena parte de Homo deus) dos religiones pos-humanistas: el “dataísmo”, que “sostiene que el universo consiste en flujos de datos, y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos” (p.400) y el “tecnohumanismo”, una suerte de variante conservadora del pensamiento post-humano, que propone cuidar o mejorar la especie atendiendo a valores que pudieran ser compartidos por el humanismo: “mejorar la mente humana y darnos acceso a experiencias desconocidas” (p.385); Harari, sin embargo, propone que este “tecnohumanismo” implica una contradicción, en tanto “considera que la voluntad humana es lo más importante del universo, de modo que impulsa a la humanidad a desarrollar tecnologías que puedan controlar y rediseñar nuestra voluntad (…) pero cuando dispongamos de dicho control, el tecnohumanismo no sabrá qué hacer con él, porque la sagrada voluntad humana se convertirá simplemente en un producto de diseño más” (p.399).

No son pocas las críticas o preguntas que cabría hacerle a Harari, pero su libro provoca el pensamiento como pocos; mientras los viejos humanistas debaten sobre el rol de las humanidades en el tercer milenio y siguen incapaces de acercarse a la ciencia, es reconfortante saber que hay pensadores –como este historiador israelita– que no sólo son capaces de plantearse las preguntas más urgentes sino que saben extender el panorama de posibilidades que permitirá pensar en respuestas. Y hacerlo, además, como lo que podemos leer en Homo Deus y De animales a dioses, de una manera deliciosamente ágil y amena. Sin duda, entonces, estos libros de Harari son de lectura obligada para cualquier persona interesada en hacer algo más que, por poner el ejemplo en boga, desestimar las redes sociales porque dan a cualquiera la posibilidad de decir cualquier tontería (como si viviéramos en un mundo donde el significado opera de la misma manera que en los tiempos de Marx), y ponerse de verdad a pensar

Publicada en La Diaria el 10 de febrero de 2017

jueves, 2 de febrero de 2017

Cocaína, Massimo Carlotto, Gianrico Carofiglio, Giancarlo De Cataldo



 Marcas blancas


La editorial Malpaso editó en 2016 el libro Cocaína, que reúne tres novelas cortas bajo el género policial negro y la droga del título. Los autores son  italianos: Massimo Carlotto (Padua, 1956), Gianrico Carofiglio (Bari, 1961) y Giancarlo De Cataldo (Tarento, 1956), y el libro sin duda una excelente puerta de entrada a lo más nuevo de la novela policial italiana, ideal para quienes se propongan descubrir qué hay más acá de Andrea Camilleri o Leonardo Sciascia.
Las tres novelas, efectivamente, tienen por tema o núcleo de sus respectivos relatos a la cocaína, y la tónica general es la de una exposición o exhibición de atrocidades (por jugar con el título de J.G.Ballard), tanto sobre el mundo del narcotráfico en México, Perú y Colombia (y sus vínculos con distintas zonas de la sociedad italiana) como sobre el crimen organizado y la corrupción en la clase política y la policía. Ninguna de ellas se vuelve tediosamente moralista, por cierto, ni tampoco deslumbrada o encandilada; cada una a su manera, y desde las particularidades de su propuesta narrativa o enfoque temático, juega a proponer cierta lucidez y a construir  un realismo minucioso y descarnado, presentado desde el repertorio de figuras y lugares comunes del género negro con muy escasos momentos de tensión.
Abre el libro “La pista de Campagna”, de Massimo Carlotto, de alguna manera la menos interesante de las tres novelas. Se trata, en cualquier caso, del relato más “tradicional” de aquí reunidos, narrado en una sobria pero a veces imprecisa tercera persona que aquí y allá puede llegar a sonar un poco torpe o aparatosa (acaso un problema de la traducción) pero que logra, a la vez, construir el relato con solidez y mantener el interés del lector. En todo caso, el texto logra convencer de que su autor sabe de lo que está hablando; su relato de un policía paduano que opera básicamente por las noches infiltrándose en las redes de tráfico y consumo de cocaína, desde los obreros que la consumen en su peor calidad y adulteración para sobrellevar las horas de trabajo hasta los millonarios que derrochan la variante más pura. Aparece entonces cierta voluntad de mapeo o incluso una suerte de enciclopedismo, que convive con clichés más o menos elaborados desde el repertorio estándar del género (el más notorio sería el protagonista: el clásico policía atormentado y solitario que ha sacrificado su vida por ideales cuya colisión con el mundo real no deja de constatar).
 
Carlotto ha publicado once novelas, a las que hay que sumar cuatro escritas en colaboración con el escritor Marco Videtta. Su primer libro apareció en 1994 y es un relato autobiográfico titulado Il fuggiasco, que cuenta el -célebre en Italia- encarcelamiento del autor por un homicidio que no había cometido, su posterior fuga de prisión, la revisión del caso, la vuelta a la cárcel y, finalmente, la puesta en libertad. Buena parte de su obra, hasta la fecha, se inscribe en la serie de Marco Buratti, conocido como “Il Alligatore” y también encarcelado injustamente. En castellano se pueden leer cinco de las nueve novelas protagonizadas por este personaje, comenzando por La verdad del caimán, editada en 2005 por la editorial Barataria.

No es la cocaína, debe ser el amor
La segunda de las novelas reunidas en Cocaína, “La velocidad del ángel”, de Gianrico Carofiglio, es la más alejada de la matriz clásica del género negro y acaso la mejor lograda. Narrada en primera persona por un escritor que encuentra que escribiendo en bares (“tengo esa manía desde que era un muchacho y leía a Hemingway”) logra concentrase mejor, y que aprovecha además cada oportunidad para deslizar una referencia literaria, cinematográfica o a la cultura pop -a la vez que parece cualquier cosa menos entusiasmado con lo que está escribiendo-, ofrece el relato de vida de una ex policía que se enamora de una traficante a pequeña escala de cocaína. Quizá es el punto de vista del narrador -y su tono empático, afectuoso y adorable- lo que termina por apartar al texto de los lugares comunes de la novela negra, pero seguramente se deba también a la prosa ágil y ligera de Carofiglio que la suya sea la más disfrutable entre las tres novelas cortas reunidas en el libro, quizá también porque es la más breve y la más “redonda” desde un punto de vista narrativo.
 
Carofiglio es abogado y también lo es el protagonista de su serie de thrillers legales Il casi dell'avvocato Guerrieri, que lleva hasta la fecha cinco títulos, incluyendo Testimone inconsapevole (1995) y La regola dell'equilibrio (2014); esa profesión es además compartida por el tercero de los escritores reunidos en Cocaína, Giancarlo De Cataldo, que aporta el más complejo de los textos reunidos. Su novela, “El baile del polvo”, está construida a partir de cinco pequeños relatos casi autónomos en los que recurren personajes y situaciones. Es interesante -acaso como manera de constatar el diálogo entre lo canónico y los géneros o, quizá, como recurso para expandir los límites del policial incorporándolo a un contorno estético más complejo- que el título de cada uno de estos relatos remita a la conformación de una suite barroca. El primero (que podría equivaler a la obertura o preludio) queda titulado simplemente “Suite”, y los tres que siguen remiten a las danzas que podemos encontrar fácilmente, por ejemplo, en las Suites Orquestales de Bach: el segundo relato lleva por título “Minuet”, el tercero “Zarabanda” y el cuarto “Giga”, con una “Apoteosis final” a manera de cierre del ciclo. Cada uno de estos relatos retoma tanto el tema central (los movimientos de la cocaína por el mundo y los estratos de la sociedad) como anécdotas básicas recurrentes (personajes que superan una situación apelando a una idea sorprendiente o “lateral”, el peligro originado por una deuda al crimen organizado, la muerte como consecuencia terrible del impulso de romper las reglas establecidas), y logran dar la impresión efectivamente de una pieza musical organizada en variaciones tipificadas (las danzas a las que remiten los títulos).
 
“El baile del polvo” es la más ambiciosa de las tres novelas y, por lo tanto, la que demanda una lectura más cercana y atenta. En ese sentido contrasta marcadamente con la fluidez de la que la precede, y de esa oposición sin duda se beneficia el libro completo.
 
Es interesante leer el aporte de De Cataldo junto a No hay risas en el cielo, el reciente libro de cuentos del argentino Ariel Urquiza, que obtuvo el premio de narrativa otorgado por Casa de las Américas, de Cuba, en 2016. En ambas obras son abordados los temas del narcotráfico y la corrupción mediante procedimientos similares: Urquiza vincula también sus cuentos con personajes recurrentes y acontecimientos aludidos de manera reiterada, a la vez que instala la narración en un movimiento permanente entre Europa y Latinoamérica, animado -al igual que en el texto de De Cataldo- por peruanos, mexicanos, argentinos, italianos y uruguayos que se mueven en y entre los cuentos. Por supuesto que su libro, bastante más extenso que la novela corta del italiano, alcanza -por la interrelación de un número mayor de secciones- un nivel de complejidad mayor y que algunos de sus relatos (en especial “Esperando al señor” y “¿Por qué estamos aqui”) son de manera singular más brillantes que las mejores páginas de “El baile del polvo”, pero es cierto también que la novela corta del italiano logra proponer un nivel de significado extra con su matriz de suite musical y las connotaciones posibles de la “danza” como metáfora. Un mundo tan complejo como el de la cocaína, entendido en un sentido amplio y global (y De Cataldo escribe sobre los campos de cultivo, sobre los códigos de los narcos y sus jerarquías, sobre los músicos de narcocorridos, las prostitutas de lujo, sus clientes poderosos y los policías en la pobreza que extorsionan a políticos atrapados con los pantalones bajos y unas líneas de merca sobre una mesa de vidrio), es representado a la perfección como una red de elementos interrelacionados de la que se vuelve un modelo fascinante el sistema de relaciones de una suite musical. Conceptualmente no cabe duda de que el logro del italiano es más que destacable; quizá lo único que cabe reprochársele es que la tensión no siempre se mantiene con pulso firme y algunos momentos de sus secciones parecen perder el interés, así sea momentáneamente.
 
De Cataldo es autor de más de veinte novelas, entre las que destacan Romanzo criminale (2002) y La notte di Roma (2015).
 
Seguramente sea verdad que, como dicen los editores en la contraportada, este libro presenta tres relatos que “nos entretienen, nos turban y nos invitan a la reflexión”; pero más allá de esto, y como repertorio del arsenal del género en cuanto a tópicos, recursos y maneras de ofrecer una escritura eminentemente política y crítica a las estructuras de poder de las sociedades contemporáneas, además de una muestra de lo que puede hacer la novela negra italiana más reciente (que a juzgar por lo aquí ofrecido se encuentra en un muy buen momento, y habría que considerar también CeroCeroCero, de Roberto Seviano) Cocaína se vuelve un referente obligado. Y, por cierto, divertidísimo y terrible a la vez: no sería raro, además, que induzca a la paranoia.

Publicada en La Diaria el 25 de enero de 2017





Elogio de la pérdida, Ariel Idez



No perdemos nada
 
En el principio estuvo Borges, que compiló un libro de Prólogos con un prólogo de prólogos (1975) y escribió algunas reseñas de libros imaginarios, entre ellas “El acercamiento a Almotásim” (publicada originalmente en 1935, después recogida en Historia de la eternidad, de 1936, en El jardín de senderos que se bifurcan, de 1941, y también en Ficciones, de 1944) y “Examen de la obra de Herbert Quain (que apareció en 1941 en El jardín... y en 1944 en Ficciones). El gesto fue después reiterado por el escritor polaco Stanislaw Lem, primero en una colección titulada Vacío perfecto (1971) y después en Magnitud imaginaria (1973) un compilado de prólogos a libros imaginarios. Por supuesto que no se trata de los únicos escritores en incurrir en este artificio, y una lista completa debería tener en cuenta todo lo que se ha escrito sobre libros como el Necronomicon, aludido por H.P. Lovecraft, El rey de amarillo, por Robert W. Chalmers, La langosta se ha posado, por Philip K. Dick, The Navidson Record, citado y comentado por Mark Z. Danielewski en la monumental La casa de hojas, y los múltiples libros del escritor ficticio Benno Von Archimboldi aludidos en 2666, de Roberto Bolaño.
 
El escritor argentino Ariel Idez (1977), finalmente, le ha dado otra vuelta de tuerca al procedimiento. Su libro Elogio de la pérdida, publicado el año pasado por la editorial porteña Interzona y disponible en algunas librerías de Montevideo, propone una colección no de reseñas ni de prólogos sino de presentaciones de libros imaginarios. Es decir: los textos que un autor ficticio (de quien no se nos da el nombre) ha leído o improvisado en distintos eventos de presentación.
 
Idez publicó hasta la fecha un ensayo (Literal. La vanguardia intrigante, de 2010), dos libros de cuentos (No vas a ser astronauta, de 2010, y Luz y fuerza, de 2014), y una novela, La última de César Aira (2013), sin duda entre las más interesantes la literatura argentina reciente.
 
Elogio de la pérdida comienza, entonces, con la presentación de un libro que recopila presentaciones. Además de que se trata, concebiblemente, de un recurso más o menos obligatorio para cumplir con las pautas del artificio elegido (es evidente el guiño a Prólogos con un prólogo de prólogos, referencia hecha explícita al aludir en dos ocasiones a Borges), el texto resulta ser además una lectura lúcida e hilarante del careteo generalizado en la escena literaria (Idez se refiere a la argentina, pero, salvo por su alusión a la proliferación de editoriales independientes y alternativas, lo mismo podría decirse del medio uruguayo), con su lógica de elogios, hipérboles, lobby y la recurrente voluntad de figurar donde sea. Pero -y esto vale para todos los textos que siguen a este pŕologo o “presentación”- también se las arregla Idez para que su discurso de presentación funcione como un relato: se nos cuenta, es decir, de un escritor que se especializó en presentaciones y logró alcanzar una fama importante como presentador, a costa de sacrificar su propia obra; tras fracasar en la escritura de poemas, cuentos y novelas, el presentador, entonces, encuentra que lo único que tiene para ofrecer es una selección de sus presentaciones, y señala que “hemos intentado con el editor reunir diversos tipos o modelos de presentaciones de los que hemos extraído sus mejores exponentes: presentaciones cortas y potentes, presentaciones largas y digresivas, presentaciones chistosas, presentaciones benévolas y presentaciones agresivas” (p.15). Ese cometido -ofrecer algo así como “El arte de la presentación”-, de hecho, queda logrado a la perfección

Presente imaginario
Sin duda que el lector cierra Elogio de la pérdida convencido de la inteligencia y el ingenio de Idez, pero hay más en este libro. Y eso, quizá, porque aparece también un fondo narrativo en cada una de las presentaciones, además del despliegue y desarrollo de esas observaciones sobre la escena literaria ya esbozadas en el texto introductorio. Vale la pena destacar, entonces, “Taller literario volumen 22”, una de las presentaciones “agresivas”, digamos, en la que el presentador termina por exponer un complot o escrache en plan situacionista, a cargo de un grupo de escritores que denuncia a una editorial ficticia (pero quien conozca la escena bonaerense sabrá cuál es el correlato real) especializada en publicar lujosamente los libros de cualquiera que pueda pagarlos. Idez logra que la revelación del propósito verdadero del presentador y el libro presentado se incorpore a una lógica narrativa: el lector accede al relato subyacente al discurso que ha leído y termina de leer la presentación como si leyera un cuento. Es, por supuesto, la lección a aprender de los textos de Borges ya mencionados, que funcionan a la vez como reseñas y cuentos (“Pierre Menard autor del Quijote”, también de Ficciones, podría ser el mejor ejemplo de ese funcionamiento doble), pero el aporte de Idez (además de la atenta modulación implícita en pasar de reseñas a presentaciones) es que todos los textos del libro se ensamblan en un relato más abarcativo.
 
Otro recurso para lograr esto es acaso más predecible: algunas de las presentaciones mencionan otros de los libros cuyas presentaciones son compiladas en Elogio de la pérdida. Así, el recién aludido “Taller literario volumen 22” incorpora a Matias Fernando, autor ficticio cuyo libro Cómo me llamo es presentado más atrás. Elogio de la pérdida, por cierto, es además del título del libro “real” de Idez el de otro de los libros presentados, un manual de autoayuda de pacotilla cuya presentación hiperbólica ofrece quizá el texto más redondo del libro (aunque no necesariamente el más interesante).
 
Puestos a buscar cuales de las presentaciones funcionan mejor como relatos sin duda la más lograda en ese sentido es “El dinero para mí no es un problema”, que incorpora el relato de cómo fue contratado el presentador para hablar del libro a presentar, escrito por un multimillonario.
 
Por la izquierda, el atribuido a Idez, por otra parte, es llamativo en tanto ofrece una suerte de versión o “cover” (en el sentido musical del término, que aparece además en otra de las presentaciones, la del libro Covers, justamente, del autor ficticio Ariel Medina) de El discurso vacío, de Mario Levrero, escritor aludido también en otro de los textos (la presentación del Propiedad horizontal/acecho, de Mariano Luro) con una cita jugosa que valdría la pena verificar (algo así como que la mejor forma de armar una carrera literaria sólida es “si tenés suerte, que te vaya mal hasta los treinta”). El libro de Idez -el ficticio, no el que está siendo reseñado acá- es apenas un experimento de escritura con la mano izquierda (no lo sé, pero sería muy gracioso que Ariel Idez, en la vida real, fuera zurdo) como manera de aprender a escribir (quizá para potenciar el hemisferio derecho del cerebro o lo que fuese) con la mano izquierda; se trata, entonces, de un libro “sin conflictos ni personajes, ni trama ni más peripecia que la letra con la que está escrito” (p.91), del mismo modo que Levrero se había propuesto escribir El discurso vacío apenas como terapia grafológica, tratando de no pensar en trama ni asunto ni tema sino, básicamente, pensando en nada. El libro ficticio de Idez, entonces, parece un cóver o versión del “real” de Levrero; la presentación que alude al libro de cóvers de Ariel Medina, para más notoria perfección del mecanismo, oportunamente termina con una referencia (doble) a Borges: “el cover de “Pierre Menard, autor del Quijote”, reproducido sin cambiar ni un punto ni una coma, leído en el contexto de este libro es otro ejemplo de la felicidad que la literatura conceptual de este hipotético mundo posible puede depararnos”.
 
Es interesante lo de literatura conceptual, por cierto, no sólo en tanto ofrece una notoria lectura de Elogio de la pérdida (ahora me refiero al libro “real” del Ariel Idez igualmente “real”) sino que, además, resignifica la obra previa de Idez (y en la ya mencionada presentación de Propiedad horizontal/acecho se habla de las consecuencias que puede tener una novela primeriza muy exitosa y las expectativas que esto genera) y nos lleva a leer todavía más claramente en La última de César Aira un juego que trasciende la trama y los personajes para lograr que el libro sea (siga siendo) efectivamente la última novela de César Aira, lo que es lo mismo que decir que los libros que Aira publicó después del de Idez han visto su sentido atenuado o adelgazado en virtud de la novela del último; o, dicho de otro modo, que la exposición de un mecanismo posible para esa serie novelística, desde la ficción de otro escritor, termina por socavarla. Quizá, en última instancia, el cometido de la “literatura conceptual” en el sentido en que la maneja Idez sea, precisamente, intervenir sobre el medio literario de un modo más sutil, más directo y más efectivo que el implícito en una reseña (o una presentación); después de Elogio de la pérdida, en cualquier caso, ya pierden buena parte de su sentido las presentaciones de libros.
 
Cuenta Richard Ellman que James Joyce sentía que el tema central de cada capítulo de Ulises (aludido, por cierto, en la página 29 del libro de Idez) que terminaba perdía -por mucho tiempo- todo interés para él, fuese la música (el capítulo de las sirenas), la política (el del cíclope) o la literatura (el de la biblioteca): Era como si esa escritura finalizada dejara tras de sí un campo devastado, cubierto por las cenizas. Eso, más o menos, es lo mismo que hace el libro de Ariel Idez con las presentaciones de libros.

Publicada en La Diaria el 26 de enero de 2017