jueves, 2 de febrero de 2017

Cocaína, Massimo Carlotto, Gianrico Carofiglio, Giancarlo De Cataldo



 Marcas blancas


La editorial Malpaso editó en 2016 el libro Cocaína, que reúne tres novelas cortas bajo el género policial negro y la droga del título. Los autores son  italianos: Massimo Carlotto (Padua, 1956), Gianrico Carofiglio (Bari, 1961) y Giancarlo De Cataldo (Tarento, 1956), y el libro sin duda una excelente puerta de entrada a lo más nuevo de la novela policial italiana, ideal para quienes se propongan descubrir qué hay más acá de Andrea Camilleri o Leonardo Sciascia.
Las tres novelas, efectivamente, tienen por tema o núcleo de sus respectivos relatos a la cocaína, y la tónica general es la de una exposición o exhibición de atrocidades (por jugar con el título de J.G.Ballard), tanto sobre el mundo del narcotráfico en México, Perú y Colombia (y sus vínculos con distintas zonas de la sociedad italiana) como sobre el crimen organizado y la corrupción en la clase política y la policía. Ninguna de ellas se vuelve tediosamente moralista, por cierto, ni tampoco deslumbrada o encandilada; cada una a su manera, y desde las particularidades de su propuesta narrativa o enfoque temático, juega a proponer cierta lucidez y a construir  un realismo minucioso y descarnado, presentado desde el repertorio de figuras y lugares comunes del género negro con muy escasos momentos de tensión.
Abre el libro “La pista de Campagna”, de Massimo Carlotto, de alguna manera la menos interesante de las tres novelas. Se trata, en cualquier caso, del relato más “tradicional” de aquí reunidos, narrado en una sobria pero a veces imprecisa tercera persona que aquí y allá puede llegar a sonar un poco torpe o aparatosa (acaso un problema de la traducción) pero que logra, a la vez, construir el relato con solidez y mantener el interés del lector. En todo caso, el texto logra convencer de que su autor sabe de lo que está hablando; su relato de un policía paduano que opera básicamente por las noches infiltrándose en las redes de tráfico y consumo de cocaína, desde los obreros que la consumen en su peor calidad y adulteración para sobrellevar las horas de trabajo hasta los millonarios que derrochan la variante más pura. Aparece entonces cierta voluntad de mapeo o incluso una suerte de enciclopedismo, que convive con clichés más o menos elaborados desde el repertorio estándar del género (el más notorio sería el protagonista: el clásico policía atormentado y solitario que ha sacrificado su vida por ideales cuya colisión con el mundo real no deja de constatar).
 
Carlotto ha publicado once novelas, a las que hay que sumar cuatro escritas en colaboración con el escritor Marco Videtta. Su primer libro apareció en 1994 y es un relato autobiográfico titulado Il fuggiasco, que cuenta el -célebre en Italia- encarcelamiento del autor por un homicidio que no había cometido, su posterior fuga de prisión, la revisión del caso, la vuelta a la cárcel y, finalmente, la puesta en libertad. Buena parte de su obra, hasta la fecha, se inscribe en la serie de Marco Buratti, conocido como “Il Alligatore” y también encarcelado injustamente. En castellano se pueden leer cinco de las nueve novelas protagonizadas por este personaje, comenzando por La verdad del caimán, editada en 2005 por la editorial Barataria.

No es la cocaína, debe ser el amor
La segunda de las novelas reunidas en Cocaína, “La velocidad del ángel”, de Gianrico Carofiglio, es la más alejada de la matriz clásica del género negro y acaso la mejor lograda. Narrada en primera persona por un escritor que encuentra que escribiendo en bares (“tengo esa manía desde que era un muchacho y leía a Hemingway”) logra concentrase mejor, y que aprovecha además cada oportunidad para deslizar una referencia literaria, cinematográfica o a la cultura pop -a la vez que parece cualquier cosa menos entusiasmado con lo que está escribiendo-, ofrece el relato de vida de una ex policía que se enamora de una traficante a pequeña escala de cocaína. Quizá es el punto de vista del narrador -y su tono empático, afectuoso y adorable- lo que termina por apartar al texto de los lugares comunes de la novela negra, pero seguramente se deba también a la prosa ágil y ligera de Carofiglio que la suya sea la más disfrutable entre las tres novelas cortas reunidas en el libro, quizá también porque es la más breve y la más “redonda” desde un punto de vista narrativo.
 
Carofiglio es abogado y también lo es el protagonista de su serie de thrillers legales Il casi dell'avvocato Guerrieri, que lleva hasta la fecha cinco títulos, incluyendo Testimone inconsapevole (1995) y La regola dell'equilibrio (2014); esa profesión es además compartida por el tercero de los escritores reunidos en Cocaína, Giancarlo De Cataldo, que aporta el más complejo de los textos reunidos. Su novela, “El baile del polvo”, está construida a partir de cinco pequeños relatos casi autónomos en los que recurren personajes y situaciones. Es interesante -acaso como manera de constatar el diálogo entre lo canónico y los géneros o, quizá, como recurso para expandir los límites del policial incorporándolo a un contorno estético más complejo- que el título de cada uno de estos relatos remita a la conformación de una suite barroca. El primero (que podría equivaler a la obertura o preludio) queda titulado simplemente “Suite”, y los tres que siguen remiten a las danzas que podemos encontrar fácilmente, por ejemplo, en las Suites Orquestales de Bach: el segundo relato lleva por título “Minuet”, el tercero “Zarabanda” y el cuarto “Giga”, con una “Apoteosis final” a manera de cierre del ciclo. Cada uno de estos relatos retoma tanto el tema central (los movimientos de la cocaína por el mundo y los estratos de la sociedad) como anécdotas básicas recurrentes (personajes que superan una situación apelando a una idea sorprendiente o “lateral”, el peligro originado por una deuda al crimen organizado, la muerte como consecuencia terrible del impulso de romper las reglas establecidas), y logran dar la impresión efectivamente de una pieza musical organizada en variaciones tipificadas (las danzas a las que remiten los títulos).
 
“El baile del polvo” es la más ambiciosa de las tres novelas y, por lo tanto, la que demanda una lectura más cercana y atenta. En ese sentido contrasta marcadamente con la fluidez de la que la precede, y de esa oposición sin duda se beneficia el libro completo.
 
Es interesante leer el aporte de De Cataldo junto a No hay risas en el cielo, el reciente libro de cuentos del argentino Ariel Urquiza, que obtuvo el premio de narrativa otorgado por Casa de las Américas, de Cuba, en 2016. En ambas obras son abordados los temas del narcotráfico y la corrupción mediante procedimientos similares: Urquiza vincula también sus cuentos con personajes recurrentes y acontecimientos aludidos de manera reiterada, a la vez que instala la narración en un movimiento permanente entre Europa y Latinoamérica, animado -al igual que en el texto de De Cataldo- por peruanos, mexicanos, argentinos, italianos y uruguayos que se mueven en y entre los cuentos. Por supuesto que su libro, bastante más extenso que la novela corta del italiano, alcanza -por la interrelación de un número mayor de secciones- un nivel de complejidad mayor y que algunos de sus relatos (en especial “Esperando al señor” y “¿Por qué estamos aqui”) son de manera singular más brillantes que las mejores páginas de “El baile del polvo”, pero es cierto también que la novela corta del italiano logra proponer un nivel de significado extra con su matriz de suite musical y las connotaciones posibles de la “danza” como metáfora. Un mundo tan complejo como el de la cocaína, entendido en un sentido amplio y global (y De Cataldo escribe sobre los campos de cultivo, sobre los códigos de los narcos y sus jerarquías, sobre los músicos de narcocorridos, las prostitutas de lujo, sus clientes poderosos y los policías en la pobreza que extorsionan a políticos atrapados con los pantalones bajos y unas líneas de merca sobre una mesa de vidrio), es representado a la perfección como una red de elementos interrelacionados de la que se vuelve un modelo fascinante el sistema de relaciones de una suite musical. Conceptualmente no cabe duda de que el logro del italiano es más que destacable; quizá lo único que cabe reprochársele es que la tensión no siempre se mantiene con pulso firme y algunos momentos de sus secciones parecen perder el interés, así sea momentáneamente.
 
De Cataldo es autor de más de veinte novelas, entre las que destacan Romanzo criminale (2002) y La notte di Roma (2015).
 
Seguramente sea verdad que, como dicen los editores en la contraportada, este libro presenta tres relatos que “nos entretienen, nos turban y nos invitan a la reflexión”; pero más allá de esto, y como repertorio del arsenal del género en cuanto a tópicos, recursos y maneras de ofrecer una escritura eminentemente política y crítica a las estructuras de poder de las sociedades contemporáneas, además de una muestra de lo que puede hacer la novela negra italiana más reciente (que a juzgar por lo aquí ofrecido se encuentra en un muy buen momento, y habría que considerar también CeroCeroCero, de Roberto Seviano) Cocaína se vuelve un referente obligado. Y, por cierto, divertidísimo y terrible a la vez: no sería raro, además, que induzca a la paranoia.

Publicada en La Diaria el 25 de enero de 2017





Elogio de la pérdida, Ariel Idez



No perdemos nada
 
En el principio estuvo Borges, que compiló un libro de Prólogos con un prólogo de prólogos (1975) y escribió algunas reseñas de libros imaginarios, entre ellas “El acercamiento a Almotásim” (publicada originalmente en 1935, después recogida en Historia de la eternidad, de 1936, en El jardín de senderos que se bifurcan, de 1941, y también en Ficciones, de 1944) y “Examen de la obra de Herbert Quain (que apareció en 1941 en El jardín... y en 1944 en Ficciones). El gesto fue después reiterado por el escritor polaco Stanislaw Lem, primero en una colección titulada Vacío perfecto (1971) y después en Magnitud imaginaria (1973) un compilado de prólogos a libros imaginarios. Por supuesto que no se trata de los únicos escritores en incurrir en este artificio, y una lista completa debería tener en cuenta todo lo que se ha escrito sobre libros como el Necronomicon, aludido por H.P. Lovecraft, El rey de amarillo, por Robert W. Chalmers, La langosta se ha posado, por Philip K. Dick, The Navidson Record, citado y comentado por Mark Z. Danielewski en la monumental La casa de hojas, y los múltiples libros del escritor ficticio Benno Von Archimboldi aludidos en 2666, de Roberto Bolaño.
 
El escritor argentino Ariel Idez (1977), finalmente, le ha dado otra vuelta de tuerca al procedimiento. Su libro Elogio de la pérdida, publicado el año pasado por la editorial porteña Interzona y disponible en algunas librerías de Montevideo, propone una colección no de reseñas ni de prólogos sino de presentaciones de libros imaginarios. Es decir: los textos que un autor ficticio (de quien no se nos da el nombre) ha leído o improvisado en distintos eventos de presentación.
 
Idez publicó hasta la fecha un ensayo (Literal. La vanguardia intrigante, de 2010), dos libros de cuentos (No vas a ser astronauta, de 2010, y Luz y fuerza, de 2014), y una novela, La última de César Aira (2013), sin duda entre las más interesantes la literatura argentina reciente.
 
Elogio de la pérdida comienza, entonces, con la presentación de un libro que recopila presentaciones. Además de que se trata, concebiblemente, de un recurso más o menos obligatorio para cumplir con las pautas del artificio elegido (es evidente el guiño a Prólogos con un prólogo de prólogos, referencia hecha explícita al aludir en dos ocasiones a Borges), el texto resulta ser además una lectura lúcida e hilarante del careteo generalizado en la escena literaria (Idez se refiere a la argentina, pero, salvo por su alusión a la proliferación de editoriales independientes y alternativas, lo mismo podría decirse del medio uruguayo), con su lógica de elogios, hipérboles, lobby y la recurrente voluntad de figurar donde sea. Pero -y esto vale para todos los textos que siguen a este pŕologo o “presentación”- también se las arregla Idez para que su discurso de presentación funcione como un relato: se nos cuenta, es decir, de un escritor que se especializó en presentaciones y logró alcanzar una fama importante como presentador, a costa de sacrificar su propia obra; tras fracasar en la escritura de poemas, cuentos y novelas, el presentador, entonces, encuentra que lo único que tiene para ofrecer es una selección de sus presentaciones, y señala que “hemos intentado con el editor reunir diversos tipos o modelos de presentaciones de los que hemos extraído sus mejores exponentes: presentaciones cortas y potentes, presentaciones largas y digresivas, presentaciones chistosas, presentaciones benévolas y presentaciones agresivas” (p.15). Ese cometido -ofrecer algo así como “El arte de la presentación”-, de hecho, queda logrado a la perfección

Presente imaginario
Sin duda que el lector cierra Elogio de la pérdida convencido de la inteligencia y el ingenio de Idez, pero hay más en este libro. Y eso, quizá, porque aparece también un fondo narrativo en cada una de las presentaciones, además del despliegue y desarrollo de esas observaciones sobre la escena literaria ya esbozadas en el texto introductorio. Vale la pena destacar, entonces, “Taller literario volumen 22”, una de las presentaciones “agresivas”, digamos, en la que el presentador termina por exponer un complot o escrache en plan situacionista, a cargo de un grupo de escritores que denuncia a una editorial ficticia (pero quien conozca la escena bonaerense sabrá cuál es el correlato real) especializada en publicar lujosamente los libros de cualquiera que pueda pagarlos. Idez logra que la revelación del propósito verdadero del presentador y el libro presentado se incorpore a una lógica narrativa: el lector accede al relato subyacente al discurso que ha leído y termina de leer la presentación como si leyera un cuento. Es, por supuesto, la lección a aprender de los textos de Borges ya mencionados, que funcionan a la vez como reseñas y cuentos (“Pierre Menard autor del Quijote”, también de Ficciones, podría ser el mejor ejemplo de ese funcionamiento doble), pero el aporte de Idez (además de la atenta modulación implícita en pasar de reseñas a presentaciones) es que todos los textos del libro se ensamblan en un relato más abarcativo.
 
Otro recurso para lograr esto es acaso más predecible: algunas de las presentaciones mencionan otros de los libros cuyas presentaciones son compiladas en Elogio de la pérdida. Así, el recién aludido “Taller literario volumen 22” incorpora a Matias Fernando, autor ficticio cuyo libro Cómo me llamo es presentado más atrás. Elogio de la pérdida, por cierto, es además del título del libro “real” de Idez el de otro de los libros presentados, un manual de autoayuda de pacotilla cuya presentación hiperbólica ofrece quizá el texto más redondo del libro (aunque no necesariamente el más interesante).
 
Puestos a buscar cuales de las presentaciones funcionan mejor como relatos sin duda la más lograda en ese sentido es “El dinero para mí no es un problema”, que incorpora el relato de cómo fue contratado el presentador para hablar del libro a presentar, escrito por un multimillonario.
 
Por la izquierda, el atribuido a Idez, por otra parte, es llamativo en tanto ofrece una suerte de versión o “cover” (en el sentido musical del término, que aparece además en otra de las presentaciones, la del libro Covers, justamente, del autor ficticio Ariel Medina) de El discurso vacío, de Mario Levrero, escritor aludido también en otro de los textos (la presentación del Propiedad horizontal/acecho, de Mariano Luro) con una cita jugosa que valdría la pena verificar (algo así como que la mejor forma de armar una carrera literaria sólida es “si tenés suerte, que te vaya mal hasta los treinta”). El libro de Idez -el ficticio, no el que está siendo reseñado acá- es apenas un experimento de escritura con la mano izquierda (no lo sé, pero sería muy gracioso que Ariel Idez, en la vida real, fuera zurdo) como manera de aprender a escribir (quizá para potenciar el hemisferio derecho del cerebro o lo que fuese) con la mano izquierda; se trata, entonces, de un libro “sin conflictos ni personajes, ni trama ni más peripecia que la letra con la que está escrito” (p.91), del mismo modo que Levrero se había propuesto escribir El discurso vacío apenas como terapia grafológica, tratando de no pensar en trama ni asunto ni tema sino, básicamente, pensando en nada. El libro ficticio de Idez, entonces, parece un cóver o versión del “real” de Levrero; la presentación que alude al libro de cóvers de Ariel Medina, para más notoria perfección del mecanismo, oportunamente termina con una referencia (doble) a Borges: “el cover de “Pierre Menard, autor del Quijote”, reproducido sin cambiar ni un punto ni una coma, leído en el contexto de este libro es otro ejemplo de la felicidad que la literatura conceptual de este hipotético mundo posible puede depararnos”.
 
Es interesante lo de literatura conceptual, por cierto, no sólo en tanto ofrece una notoria lectura de Elogio de la pérdida (ahora me refiero al libro “real” del Ariel Idez igualmente “real”) sino que, además, resignifica la obra previa de Idez (y en la ya mencionada presentación de Propiedad horizontal/acecho se habla de las consecuencias que puede tener una novela primeriza muy exitosa y las expectativas que esto genera) y nos lleva a leer todavía más claramente en La última de César Aira un juego que trasciende la trama y los personajes para lograr que el libro sea (siga siendo) efectivamente la última novela de César Aira, lo que es lo mismo que decir que los libros que Aira publicó después del de Idez han visto su sentido atenuado o adelgazado en virtud de la novela del último; o, dicho de otro modo, que la exposición de un mecanismo posible para esa serie novelística, desde la ficción de otro escritor, termina por socavarla. Quizá, en última instancia, el cometido de la “literatura conceptual” en el sentido en que la maneja Idez sea, precisamente, intervenir sobre el medio literario de un modo más sutil, más directo y más efectivo que el implícito en una reseña (o una presentación); después de Elogio de la pérdida, en cualquier caso, ya pierden buena parte de su sentido las presentaciones de libros.
 
Cuenta Richard Ellman que James Joyce sentía que el tema central de cada capítulo de Ulises (aludido, por cierto, en la página 29 del libro de Idez) que terminaba perdía -por mucho tiempo- todo interés para él, fuese la música (el capítulo de las sirenas), la política (el del cíclope) o la literatura (el de la biblioteca): Era como si esa escritura finalizada dejara tras de sí un campo devastado, cubierto por las cenizas. Eso, más o menos, es lo mismo que hace el libro de Ariel Idez con las presentaciones de libros.

Publicada en La Diaria el 26 de enero de 2017

David Foster Wallace portátil



Conozca a David Foster Wallace

 
 
En 2014 la editorial estadounidense Little, Brown and Company publicó The David Foster Wallace Reader, una colección de fragmentos de novela, ensayos, cuentos, artículos de críticos y escritores sobre la obra de Wallace y, además, el añadido de notas y ejercicios del autor para sus estudiantes universitarios y una selección de correspondencia. La edición en castellano, de reciente aparición en Linteratura Random House, propone una serie de cambios con respecto a la publicación original: el más importante acaso que los editores españoles, con buen tino, decidieron no incluir los fragmentos de las novelas La broma infinita (1996) y El rey pálido (2011, publicada póstumamente), alegando acertadamente que éstas “por más que (...) se presten a ser fragmentadas, hay que leerlas enteras”, y no cabe duda que la experiencia de leer La broma infinita es inseparable de lo abrumadora que puede resultar su cifra de 1216 páginas (por no mencionar el permanente ir y venir entre el cuerpo principal del texto y las notas al final), de modo que leer un fragmento cualquiera, por más brillante que sea el elegido, no atina a ofrecer un verdadero atisbo de la magnitud del libro.
 
La edición en castellano no omite la sección más “inclasificable”, aquella que, en inglés, abunda en cartas de Wallace a su madre y en apuntes sobre autores que importaban especialmente al escritor; es posible discutir la pertinencia de estos textos en un libro de estas características (incluso podía pensarse que el original en inglés habría quedado “depurado” por su omisión) o, en todo caso, podría pensarse que acaso hubiesen encontrado un lugar más cómodo en una publicación aparte dirigida de alguna manera a lectores más profundamente interesados en David Foster Wallace (en oposición a aquellos que empiezan a acercarse a su obra, es decir).
 
De todas formas, está claro que David Foster Wallace Portátil (el título elegido por la edición en castellano) logra a la perfección lo que se propone, es decir ofrecer un buen repertorio del variado desempeño del autor de La broma infinita con la palabra escrita.
 
Entran ahí, entonces, los diversos aciertos de ambas ediciones. Por ejemplo, es bienvenida la inclusión de “El planeta Trilafón y su ubicación respecto a Lo Malo” (1984), el legendario primer texto publicado por Wallace, del mismo modo que es irreprochable la elección de relatos. Portátil ofrece textos tan ineludibles (y ya verdaderos clásicos de la literatura estadounidense del siglo XX tardío y del XXI) como “La niña del pelo raro” y “Animalitos inexpresivos”  (ambos del compilado de cuentos La niña del pelo raro, de1989), y hay además una buena selección de los textos incluidos en el libro Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999), en la que aparece el conmovedor “La persona deprimida”, otro texto fundamental. Los relatos tomados de Extinción (2004), el más oscuro e inquietante de los libros de Wallace, están sin duda bien elegidos e incluyen al excelente “Encarnaciones de niños quemados”.
 
Funciona igualmente bien la selección de textos periodísticos y ensayísticos; no podía faltar, por ejemplo, la famosa crónica “Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer”, relato de un viaje en crucero, ni tampoco textos tomados de Hablemos de langostas (2005), libro representado aquí, entre otros textos, por el buenísimo “Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka, de los cuales probablemente no he quitado bastante”.
 
Es interesante también que la edición castellana haya decidido remplazar los textos sobre Wallace aportados por colegas y estudiosos de ámbito anglosajón con sus, digamos, “equivalentes” castellanos; así, cada sección de Portátil es epilogada por un escritor de relieve en el ámbito hispanoaméricano que, cabe pensar, sostiene alguna forma de relación cercana con la obra de Wallace. La nómina incluye a Javier Calvo (excelente traductor de la obra de Wallace y autor de novelas buenísimas como Corona de flores, de 2010, y Mundo maravilloso, de 2007), a Rodrigo Fresán, Alberto Fuguet y Leila Guerrero, entre otros, y cada uno de ellos aporta -algunos de manera más interesante que otros, por supuesto- su visión y lecturas de la obra en cuestión. En ese sentido cabe resaltar el texto de Javier Calvo y el de la madrileña Inés Martín Rodrigo, y leer más bien por arriba el de Fuguet. El libro incluye también -cuenta la introduccion que “gracias” a Fresán- dos poemas de Andrés Calamaro (“Suicidios” y “La balada de Foster Wallace”) que, en rigor, no aportan absolutamente nada más que cierto cholulismo y hacen pensar que acaso podría haberse incluido en su lugar la traducción de alguno de los textos críticos de la edición original, a cargo de escritores tan atendibles como Jonathan Franzen (y éste ocupa un lugar de interés en la biografía de Wallace, además, mientras que en los poemas de Calamaro leemos “no leí La broma infinita / pero recuerdo a Foster Wallace en la Gran Feria del Porno”, p.667).
 
Es posible que tanto a la edición castellana como a la original le falten ensayos panorámicos o introductorios a la obra de Wallace. Si el objetivo del libro era de alguna manera presentar al autor y, de paso, acercar a los lectores una obra no siempre considerable “fácil”, sin duda un texto de corte didáctico habría resultado de utilidad. En cualquier caso, la decisión de los editores parece haber sido dejar hablar por sí mismos a los textos de Wallace, y convengamos que su elocuencia no ha de ser puesta en duda acá (o, en todo caso, el debate sobre el lugar de Wallace en la literatura contemporánea, escrita en inglés o en la lengua que sea, pertenece a un lugar distinto a estas páginas).
 
Simultáneamente con Portátil salió al mercado una nueva edición de La broma infinita, que ofrece una portada especialmente sugerente (con un VHS de cinta desenrollada, lo que supone un guiño interesante a las películas aludidas en el libro y, en especial, a la central a la trama). Ambos libros (la novela esencial del autor y la cuidada selección de textos breves) ofrecen todo lo esencial de uno de los autores más importantes -más allá de la lengua en qu escribió- de las últimas décadas. Por supuesto que no remplazan la exploración completa de la obra, pero en tanto punto de partida -y acá me refiero especialmente a Portátil- la propuesta es sin duda muy recomendable.

Publicada en La Diaria el 18 de enero de 2017


sábado, 21 de enero de 2017

Muerte por videojuego, Simon Parkin



Marcianitos asesinos
 

El 31 de enero de 2012 Cheng Rong-Yu se sentó ante una computadora en un cibercafé de Taipéi para jugar a un videojuego online. Así pasó veintitrés horas, intercalando con el juego momentos en que, tras poner en pausa su desarrollo, dormía algunos minutos frente al monitor. Pero eventualmente una de esas siestas brevísimas se demoró un poco más. Y más, y más, hasta que, (recién) nueve horas más tarde, un empleado del cibercafé se propuso despertarlo. Pero Cheng Rong-Yu había muerto.
 
Simon Parkin, uno de los reseñistas de videojuegos más importantes del mundo anglosajón, arranca su libro Muerte por videojuego con la historia del taiwanés. Y aporta también otros tantos relatos de muertes ante la pantalla de un juego: hay muchos casos recientes de gamers asiáticos –más adelante en el libro Parkin se refiere a las condiciones sanitarias de los cibers de Hong Kong y Pekín– que colapsan tras sesiones maratónicas de Starcraft, y también, a modo de historia fundacional, aparece el nombre de Peter Burkowski, un estadounidense de 18 años que murió de un paro cardíaco jugando al Berzerk (arcade de 1980 que popularizó, en su sonido de vocoder, las frases Intruder alert! y Destroy the humanoid!, clásicas de la cultura gamer). Las muertes por videojuego, señala Parkin, han despertado a lo largo de las últimas tres décadas y media la indignación de las masas bienpensantes, esas que siempre, parafraseando un capítulo de Los Simpson, reclaman que alguien “¡piense en los niños!”. Así, es interesante en ese contexto el rescate realizado por Parkin de un artículo de la decana revista de divulgación científica Scientific American (Investigación y ciencia en la edición española) en que, allá por julio de 1859, se advertía de “la emoción del juego de ajedrez” y se concluía que “es un juego en cuya práctica no puede permitirse perder el tiempo ningún hombre que dependa de su oficio, negocio o profesión” y que “ningún joven que desee ser de utilidad al mundo puede practicarlo sin hacer peligrar sus intereses”.
 
Está claro, a la vez, que los videojuegos sí pueden producir adicción, y Parkin habla también de las horas numerosísimas dedicadas por ejemplo a GTA San Andreas, a la vez que recuerda que, efectivamente, quien tenga un corazón débil quizá debería evitar una sesión de Dance Dance Revolution en un nivel difícil, pero lo más interesante de Muerte por videojuego no es apenas aquello vinculado directamente a su título –ni, de hecho, los irreprochables argumentos de Parkin acerca de que no se aplica el mismo tratamiento ominoso a otras formas de entretenimiento, de manera que no es fácil encontrar por ahí advertencias sobre la posibilidad de morir viendo Game of Thrones o leyendo Los hermanos Karamazov– sino el riquísimo panorama de relatos y testimonios convocados por la reflexión acerca del lugar que toman o pueden tomar los videojuegos en nuestras vidas.
 
Por ejemplo: el ya mencionado juego GTA (Grand Theft Auto, es decir el robo de un automóvil) San Andreas, o todas las variantes posteriores o secuelas, es un ejemplo de juego que incorpora el diseño de niveles llamado sandbox, en el que el jugador puede deambular libremente por el mundo ficcional construido. En juegos como Super Mario Bros, para ofrecer un ejemplo contrario muy conocido, el jugador es llevado linealmente por una sucesión de niveles desde el comienzo del juego hasta su final  (con alguna complicación extra eventualmente, como pantallas ocultas o adventicias); en los sandbox, en cambio, es posible tomar cualquier camino y simplemente pasar el tiempo en el mundo virtual, sin dedicarse a los objetivos establecidos o a las “misiones” propuestas. En el caso de la serie GTA es posible deambular en auto por la ciudad reproducida en el juego, manejando por todo el tiempo que se quiera.
Ahora bien, algunos usuarios han dicho descubrir cosas extrañas en el juego si se maneja por ciertas localizaciones de la ciudad virtual: la más famosa de estas rarezas la aparición de la criatura mítica Pie Grande, pero también aparecen zumbidos extraños y arquitecturas misteriosas. Hay jugadores de GTA, entonces, que se dedican a buscar a Pie Grande y a ofrecer “prueba” del hallazgo en foros de Internet; existe, incluso, una Wiki (<gta-myths.wikia.com>) que reporta y clasifica todo tipo de “avistamientos” y ofrece imágenes más o menos dudosas de los hallazgos.
 
Parkin habla también de los videojuegos como manera de encontrar consuelo o catarsis a tragedias personales, y cita el caso de una pareja que, tras pasar años batallando –y, lamentablemente, perdiendo– contra el cáncer de su hijo pequeño, llegaron a diseñar un videojuego que recrea la experiencia como manera de despertar consciencia y empatía en los posibles jugadores. Son citados también juegos construidos para sobrellevar experiencias de abuso, alcoholismo y la pérdida de un familiar cercano, y también está la historia de un gamer que documenta en video su exploración de su mundo virtual en Minecraft, con el objetivo de alcanzar las Far Lands (“tierras lejanas”), unas regiones remotas de la simulación en que el código falla y el paisaje aparece completamente alterado (se puede seguir su historia en el canal de YouTube Far Lands or Bust!).
 
Los videojuegos son, qué duda cabe, una de las formas de arte más vivas y deslumbrantes del presente, y reclaman un análisis a la altura de ese estatus. Si bien al libro de Parkin le falta cierta profundidad en su lectura del fenómeno –no se propone más que una exposición periodística o panorámica, de hecho–, está construido con inteligencia y supone un mapeo utilísimo de ese (esos) mundo(s), recomendable para cualquiera que detecte la tontería implícita en pensar que Pokemon GO representa algo así como el fin de la civilización y la “cultura”.

Publicada en La Diaria el 16 de enero de 2017