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Mario Levrero, Manual de parapsicología

En 1882 un grupo de pensadores, académicos y científicos fundó en Londres la Sociedad para la Investigación Psíquica, que se proponía investigar con rigor científico –o cientificista– los fenómenos que ahora llamamos “psíquicos” o “paranormales”, hasta el momento propiedad casi exclusiva de los diversos grupos ocultistas. Los miembros de esta Sociedad (entre los que se encontraba por ejemplo William Crookes, pionero de la espectroscopía) dividieron su objeto de estudio en varias categorías de fenómenos, entre ellos la telepatía, el hipnotismo, la posesión y las “apariciones”; de ese acto fundacional, por llamarlo de alguna manera, surgió la ciencia (o pseudociencia) de la parapsicología.
Si bien jamás –hasta la fecha al menos– alcanzó esta disciplina el estatus de “ciencia” entre otras maneras de la que lo entiende la epistemología de Thomas Kuhn, hay cierto consenso entre los muchos divulgadores de los estudios parapsicológicos en cuanto a la existencia de un antes y un después del trabajo de Joseph Rhine, quien abordó el estudio de la precognición y/o la telepatía definiendo una metodología bastante clara (el uso de las célebres “cartas Zener”, un mazo de 25 cartas de las cuales 5 exhiben una estrella, 5 una cruz, 5 un círculo, 5 un conjunto de ondas y 5 un cuadrado, tratando de generar una respuesta psíquica o intuitiva –determinar cuál es el símbolo que aparece en la carta que el investigador selecciona, por ejemplo– en el sujeto que está siendo estudiado, que luego se estudiará estadísticamente) aunque a la vez no libre de ciertas ingenuidades o incluso procedimientos fraudulentos. Los estudios de Rhine lograron empero investir a la parapsicología de cierta aura de respetabilidad, hasta el punto que hacia la década de 1960 varias universidades contaban con departamentos de investigación parapsicológica. Esta situación, de todas formas, tenía escasa vida útil: hacia los años ochenta la disciplina entró en una decadencia de la que aún no ha salido y quizá no saldrá jamás, aunque se ha propuesto algún que otro intento de reflote (la “psicotrónica”, por ejemplo), y ha sido señalado que a partir de la mitad de la década del 2000 se produjo un ligero repunte en el interés académico en ese campo de investigación.
Mario Levrero escribió su Manual de parapsicología en 1978, cuando los estudios parapsicológicos se encontraban en un auge no sólo de atención académica sino, especialmente, de interés del público lector. Era, de alguna manera, una era de descubrimiento de aquella “nueva ciencia” (recuerdo que, de niño, mi primo, unos años mayor que yo, me hablaba con entusiasmo de “la ciencia del futuro”) por parte de los lectores ávidos de leer sobre fenómenos extraños y a la vez cansados del estilo un poco sensacionalista y pasado de moda de gente en la estela de Charles Fort o Robert LeRoy Ripley, por no mencionar a Pauwels y Bergier  –cuya revista Planète (dedicada a lo que sus editores llamaban “realismo fantástico”) gozó de gran popularidad en el mundo hispanoparlante– y sus epígonos, hasta J. J. Benítez, por ejemplo.  Tributario del enfoque (la “escuela”, podría decirse) de Oscar González Quevedo y su Centro Latinoamericano de Parapsicología, el Manual de Levrero ofrece un panorama sucinto del campo de investigación, con un mínimo –pero a la vez para nada deleznable– de elaboración personal en cuanto a los contenidos (no así en cuanto a la escritura en sí, en la que el autor de las complejas novelas París o El alma de Gardel demuestra que cuando quiere puede ser maravillosamente claro y didáctico).
La obra está dividida en tres secciones, que exploran respectivamente las facultades inconscientes (Levrero, que tantas veces parece un entusiasta freudiano, ancla firmemente los fenómenos parapsicológicos al concepto de inconsciente), las habilidades extranormales (es decir, las que trascienden la actividad cotidiana de los seres humanos pero que en principio no desafían las “leyes de la ciencia”) y, por último –y en cierto modo la menos satisfactoria, dada su brevedad y la creciente expectativa del lector– las llamadas “paranormales”, que parecen inexplicables desde el estado actual (o de 1978) de la física. 
Es muy tentador leer este Manual no desde la disciplina de la que intenta ofrecer un panorama sino desde la obra literaria de su autor. Quienes hayan leído La novela luminosa –por nombrar quizá el ejemplo más flagrante– sabrán que Levrero entrelazó íntimamente su creación con cierta investigación o indagación de lo espiritual o lo psicológico (que supongo no veía como realidades o planos fácilmente distinguibles, aunque tampoco pasibles de ser reducidos uno al otro), muchas veces convertida en sustancia narrativa, en argumentos, por decirlo así (en la Novela luminosa, por supuesto, pero también en El discurso vacío y El lugar, para dar dos ejemplos situados en extremos opuestos de su carrera); en ese sentido, está claro que ver un libro cuya portada yuxtapone las palabras “Levrero” y “parapsicología” despertará la curiosidad de esos lectores, que podrán imaginarse que el volumen ha de ser un conjunto de especulaciones levrerianas sobre facultades como la presciencia y la telepatía (ambas trabajadas en su obra) impregnado de la riqueza derivable del modo de pensar la realidad de su autor. En realidad hay muy poco de eso (es decir, más que un texto “levreriano” es un manual de parapsicología a secas); Levrero da a su trabajo el tono impersonal de un manual, con muy pocas (dos o tres, me atrevería a contar) irrupciones o interpolaciones de tipo más subjetivo.
Esto no quiere decir que este libro es “menos interesante” por carecer de cierta dosis de especulación personal o de impregnación de ese constructo (“Mario Levrero,” uno de los “raros”) presente en los lectores y en la incipiente historia de la literatura uruguaya;  está claro que Levrero lo escribió casi linealmente desde la lectura del ya mencionado González Quevedo, así como también desde el intercambio de ideas (casi a modo de maestro-discípulo) con Miguel Torri, entonces representante en Uruguay del Centro Latinoamericano de Parapsicología, y que poco o nada se apartó de lo que ambos parapsicólogos le enseñaron. Si alguna crítica cabe a este libro, en todo caso, es su brevedad, su, digamos, poca profundidad; es verdad que Levrero advierte que está ofreciendo  un manual diseñado sobre “el esquema de lo que podría ser un texto de enseñanza secundaria” (p.13), pero el lector (en gran medida por esperar “más” del cruce Levrero-parapsicología) puede sentir que la lectura se termina demasiado rápido y que muchos fenómenos indudablemente interesantes (se esté donde se esté ideológica, filosófica o científicamente) no reciben la atención merecida. Pero ese “defecto” es compensado por lo brillante de la exposición, que no tiene nada que envidiarle a la divulgación científica de un  Asimov, un Ian Stewart o un Stephen Jay Gould.
Es inevitable recomendarlo a los fans de Leverero, que serán, por otra parte, los primeros en comprarlo; pero cabe pensar que si existen todavía interesados en la parapsicología (y no me refiero a los fenómenos pretendidamente “paranormales” sino al intento de cientifizar su estudio), harán bien en leer la exposición levreriana de los fundamentos de la disciplina así sea nomás bajo una curiosidad histórica en plan “estado de la disciplina a fines de la década de los setenta” o, en todo caso, como una buena introducción a ese tan castigado campo de estudios.


Levrero, Mario, Manual de parapsicología, Irrupciones grupo editor, Montevideo, 2010
Publicado en La Diaria, martes 11 de enero 2011

Comentarios

  1. Buena reseña Ramiro, feliz año para vos y tu esposa! Ahora hay esto de la ciencia cognitiva que en algo se parece, es fascinante, seguramente ya conoces este texto pero si no te lo recomiendo:
    Crane, Mary Thomas (2001). Shakespeare's Brain: Reading with Cognitive Theory. Princeton: Princeton.
    Abrazo maestro.

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