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Un mundo en un frasco

Quizá la primera descripción pensada a fondo de una realidad simulada o virtual fue propuesta por René Descartes. La noción del “genio maligno” que nos lleva a percibir un mundo diferente al que nos contiene en tanto cuerpos o “cosas”, después reformulada (y desde cierto punto de vista refutada) por Hilary Putnam como el argumento del “cerebro en una cubeta”, señala que podemos estar percibiendo como real un mundo que, desde cierto punto de vista, no lo es. Es lo que sucede en las películas Matrix y El piso trece, en las que se distingue un “mundo real” de un “mundo simulado”.
Ahora bien, la primera Matrix no problematiza la “realidad” del mundo presentado como “real”, y en El piso trece, si bien se elabora una serie de realidades simuladas, una dentro de otra,  todas ellas, aparentemente, surgen de un mundo “real”, cuya realidad “última”, a diferencia de lo que sucede en la más reciente Inception (El origen), deliberadamente no es cuestionada. En una célebre escena de Matrix, Morpheus le pregunta a Neo cómo define lo real, y añade “si hablamos de lo que podés percibir, eso no es más que impulsos eléctricos en el cerebro”. Es el argumento empirista-idealista de Berkeley (para una exposición de esta postura ver “Nueva refutación del tiempo”, de Jorge Luis Borges, en el libro Otras inquisiciones), que parece compatible con la idea del genio maligno o el cerebro en una cubeta; lo que la primera Matrix elude es la pregunta de cómo definir lo real para lograr que el mundo en el que los humanos luchan contra las máquinas y viven en una ciudad subterránea llamada Sion sea real. Es decir: los argumentos contra la realidad simulada de la matriz son igualmente válidos para el mundo que Morpheus presenta a Neo como “real”.
Sobre estos temas ha reflexionado recientemente el filósofo contemporáneo Nick Bostrom, nacido en Suecia en 1973 y vinculado al movimiento transhumanista. Su planteo es más o menos el siguiente:
  1. Es posible que una civilización lo suficientemente avanzada pueda crear un mundo simulado en una computadora, y que esta simulación contenga entidades dotadas de inteligencia artificial. Después de todo, a pequeña escala, nosotros como civilización somos capaces de crear simulaciones más o menos satisfactorias, aunque, por ahora, la inteligencia artificial permanece más allá de nuestro horizonte tecnológico.
  2. Tal civilización probablemente mantenga en funcionamiento un buen número de esas simulaciones, por ejemplo por propósitos de investigación.
  3. Es posible que al menos algunas de las entidades inteligentes contenidas en esa simulación no sepan que viven en una realidad simulada.
Esto nos lleva a concebir dos escenarios posibles: somos –o vamos a ser, de seguir la pauta apreciable de desarrollo de la informática– la civilización a la que refiere el primer punto.O bien somos las entidades a las que refiere el punto 3.
Las ideas de Bostrom (que, por supuesto, son desarrolladas con argumentos sobre la viabilidad de las simulaciones y la capacidad computacional que es pensable como posible) reviven una cuestión tan vieja como la filosofía de Descartes o quizá (si nos remontamos al budismo y a los filósofos presocráticos, o incluso más allá) como la curiosidad humana.

Publicado originalmente en Freeway, septiembre de 2011.

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