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Philip K Dick, Exégesis

Teorías salvajes y el secreto del universo

Un día de febrero de 1974 el escritor estadounidense Philip K. Dick fue al dentista. Hacía días que el dolor en una de sus muelas del juicio se había vuelto insoportable y era necesario extraerla. El proceso implicó el uso de pentotal sódico como anestésico, pero para cuando Dick regresó a su casa el dolor arreció, así que llamó por teléfono a una farmacia cercana y ordenó analgésicos. Al rato una empleada le trajo el pedido; tras abrirle la puerta Dick se quedó absorto por unos instantes: la chica llevaba un colgante con un símbolo que el escritor no reconoció, con forma de dos semicírculos entrelazados para sugerir la forma de un pez… Y brillaba. El colgante arrojaba un extraño resplandor inagotable, para el asombro de Dick, que no atinó a otra cosa que a preguntarle a la muchacha el significado de aquel símbolo.
Se trataba del llamado “signo del pez”, por la palabra “pez” en griego koiné, formada con las iniciales de algo así como “Jesús Cristo, hijo de Dios, salvador”, y es en realidad un poco raro que un hombre culto como Dick no lo conociera (había estudiado filosofía en la universidad de Berkeley, había investigado a los gnósticos del siglo II después de Cristo para un ensayo que pensaba escribir sobre el Parsifal de Wagner); de todas formas, según contó poco después (en el texto citado y también en su novela autobiográfica VALIS, de 1980, traducida al castellano como SIVAINVI) “mientras seguía mirando el signo resplandeciente y escuchaba la voz de la chica experimenté lo que después descubrí se llamaba anamnesis, una palabra griega que significa literalmente “pérdida de olvido”. Recordé quién era y dónde estaba. En un instante, en un parpadeo, todo volvió. Y no sólo pude recordarlo: también pude verlo. La chica era una cristiana secreta, y yo también lo era. Vivíamos en el terror de ser detectados por los romanos. Teníamos que comunicarnos con signos crípticos. Ella me lo había dicho, y era verdad. Por un instante, y esto es difícil de explicar o de creer, todo lo que podía ver se fundía con las formas negras, como de prisión, de la odiada Roma. Pero, y mucho más importante, recordé a Jesús, que hacía poco había estado con nosotros, había partido temporalmente y pronto volvería. Me emocioné, con alegría. Estábamos preparándonos en secreto para recibirlo. No faltaba mucho, y los romanos no lo sabían”.
Más allá de este orden impuesto –años después– a la experiencia, lo cierto es que Dick ingresó en 1974 a lo que algunos han llamado el “período espiritual” de su vida y obra (el lector interesado puede mirar la magnífica historieta de Robert Crumb titulada La experiencia religiosa de Philip Dick), y esencial a esa etapa fueron los primeros meses de 1974, cuando padeció de alucinaciones repentinas, que lo aquejaban por la noche en lo que parecía un show de luces o incluso una exhibición de arte abstracto. La mente de Dick era especialmente propensa (herencia de su formación como escritor de ciencia ficción, quizá) a generar cadenas paranoicas de teorías; entre las múltiples que concibió para explicar las luces nocturnas aparece la posibilidad de que los experimentos con transmisiones telepáticas de los rusos (cosa que él asumía que existían, por supuesto) estaban alcanzándolo en su casita de California. O que una computadora dotada de inteligencia, creada millones de años antes de que el primer primate se subiera a un árbol, orbitaba alrededor de la Tierra y le enviaba (a él y a otros elegidos dispersos por el mundo) poderosos haces de sensaciones visuales directo a su corteza cerebral. O que estaba loco. O que la locura se la había inducido el gobierno de Nixon por sus ideas sobre el imperialismo y sus su conocida filiación pseudosocialista. O que su locura era producto del conflicto en su cerebro de dos personalidades, Phil, el célebre escritor de ciencia ficción, y Horselover Fat (“Horselover” quiere decir “amante de los caballos”, pretendida traducción del “Phillipus” griego, y “Fat” es la traducción al inglés del término alemán “Dick”), un paranoico ideólogo de la conspiración; o entre Philip Dick a secas y un tal Tomás, cristiano del siglo primero que había accedido al sistema descubierto por Jesucristo para garantizar la inmortalidad de sus seguidores: comer cierto hongo que crecía en el desierto (como narraría en su última novela, La transmigración de Timothy Archer) y migrar hacia un cuerpo del futuro, un procedimiento extrañamente similar al que ideó Lovecraft en su nouvelle En la noche de los tiempos o La sombra fuera del tiempo.

El orden de los sueños
Todos estos vértigos fueron fijados en una suerte de diario/autobiografía/tratado filosófico que Dick tituló Exégesis y en el que trabajó (paralelamente a las novelas Radio libre Albemuth, SIVAINVI, La invasión divina, La transmigración de Timothy Archer y a la inacabada El búho a la luz del día) hasta su muerte, en marzo de 1982. De hecho, algunos fragmentos de la Exégesis (que consiste en aproximadamente 8.000 páginas, algunas manuscritas y otras mecanografiadas) fueron incluidos a la novela SIVAINVI como parte del proyecto autobiográfico que constituye el eje del libro. La selección de fragmentos aparece –además de mencionada en la ficción– bajo la forma de un apéndice titulado “Tractates Cryptica Scryptura”, e incluye una cosmogonía de corte gnóstico que describe al universo como un holograma proyectado por dos máquinas, una arruinada y la otra perfectamente operativa.
En 1991 fue publicado el libro En busca de SIVAINVI: selecciones de la Exégesis, q         ue recopila y ordena temáticamente algunos fragmentos. El proyecto de publicar este diario en su totalidad, sin embargo, comenzó a concretarse hace poco, gracias a la reciente aparición en Estados Unidos del libro The Exegesis of Philip K. Dick, editado por Pamela Jackson y Jonathan Lethem, que había sido anunciado en marzo de 2010 como la primera entrega de la obra completa.
Jonathan Lethem, autor de La fortaleza de la soledad y Chronic city, entre otros libros, es un notorio entusiasta y conocedor de la obra de Dick. Entre 2007 y 2009 editó para The Library of America tres volúmenes que reúnen lo mejor de la producción novelística del autor de SIVAINVI; de hecho, en The disappointment artist (“El artista de la desilusión”, un libro de crítica literaria publicado en 2005), escribió “Philip Dick significó una influencia tan formativa para mí como la marihuana o el punk –igualmente responsable de haber jodido hermosamente mi vida, de haberla torcido irreversiblemente hacia un camino por el que todavía estoy viajando”. Está claro que todos los fans y seguidores de Dick han de alegrarse de que fuera alguien como Lethem, y no cualquier tonto académico tratando de posar de cool, el encomendado para editar y ofrecer a los lectores un texto tan central a la vida y la escritura del autor de El hombre en el castillo –claramente uno de los más relevantes de la narrativa estadounidense de la segunda mitad del siglo XX– como esta Exégesis, que, entre sus cientos de teorías salvajes, contradictorias y absurdas bien podría esconder el secreto del universo.

Publicada originalmente en La Diaria el 30 de noviembre de 2011

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