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Mundo Porno, Juan Manuel Candal


La victoria del porno


En su ensayo “Después del porno” (recogido en el libro Porno y Postporno, editorial HUM, 2010), el narrador y ensayista uruguayo Ercole Lissardi propone que
la diferencia entre pornografía y erotismo es que el objetivo del arte erótico es la representación del deseo sexual –de alguna de las formas de la infinita diversidad del deseo sexual-. Busca, pues, representar algo en sí inmaterial, irrepresentable. Se vale de lo representable para representar ese irrepresentable. El representable del que se vale puede ser o no la presentación explícita del cuerpo y de la sexualidad. (pp.78-79)
Mientras que en la pornografía, en cambio, “no hay más que representación de lo representable, (…)la representación del coito (…) Pornografía y arte no se tocan; entre ellos ni siquiera corre una línea fronteriza”.
Cabe suponer entonces que el arte erótico puede valerse de la pornografía como una herramienta para representar ese irrepresentable al que alude Lissardi, pero la condición de “arte” del resultado no es contaminada (ni en aumento o garantía ni en detrimento) por esa presencia del porno. El arte puede tener algo de porno, o puede no tenerlo: de uno u otro modo su condición de arte no será puesta en duda (por ese elemento, al menos).
El narrador de Mundo porno, la primera novela de Juan Manuel Candal, también se plantea estas cuestiones; su punto de partida no es tanto la frontera entre porno y erotismo sino entre pornografía y cine. La novela –que incluye el relato de las aventuras y desventuras de un cineasta joven, cámara en mano, en el mundillo del porno argentino–, entonces, puede pensarse en la manera en que un cineasta y cinéfilo intenta comprender al porno…
…Y es derrotado en el proceso. “No sé”, leemos (p.192), “tal vez sucede que vi demasiadas tetas y culos para tener la más puta idea de qué va el porno al final”. En su intento de comprensión, el narrador de la novela (que se llama igual que el autor real) declara su fracaso. Porno: uno; cineasta joven: cero.
Ese intento de comprensión está pautado en primer lugar por los “Apuntes para una pornosofía”, cuatro textos breves, de naturaleza ensayística, que van intercalándose con los capítulos narrativos. Podría pensarse que se trata de la figura del hombre de letras (conocedor de cine y de arte) intentando poner el orden en un mundo más cercano al cuerpo, más bárbaro si se quiere. Una oposición bastante visible podría resumirse así: El emisario de la alta cultura (que se nos aparece como capaz de hablar con elocuencia de Ballard, de Antonioni, de Kubrick) y narrador del libro (narrador implicado, de hecho, en un libro que cabe pensar como literatura gonzo), “desciende” al ámbito de la cultura de masas en su versión más alejada de lo sublime, y ordena (o intenta ordenar) lo que encuentra, pone los nombres, separa, opone, razona, argumenta:
“En el porno tampoco hay cine. La gente habla de “cine porno” por el simple hecho de que es capturado y distribuido en medios y soportes similares, pero el porno se parece más al documental. Los documentales tampoco son inocentes registros de lo que acontece (…). Un documental es una recreación consciente para la cámara (…) Este mismo principio de reproducción disimulada, artera, se aplica al porno. El cine comercial se apoya en argumentos narrativos, actores profesionales, estilización de la imagen y el sonido; el porno, como el documental, está libre de estos aspectos, y tiene, a su vez, los recursos propios del subgénero. Hay cine que tiene elementos pornográficos, por supuesto. La extensa filmografía de Pier Paolo Pasolini es tal vez el ejemplo más notable (…) Pero tanto en su obra como en el cine europeo de vanguardia de los últimos cuarenta años la sexualidad explícita es uno de los elementos que hacen a la paleta conceptual del artista interesado en la condición humana” (p.10)
El trazado del mapa es claro; los polos y los ejes son evidenciados con gran claridad: tenemos al porno en un lado y al “cine europeo de vanguardia” por otro, con el documental y el “cine comercial” claramente ubicados o ubicables en zonas intermedias. El polo “alto”, por supuesto, es el del cine-europeo-de-vanguardia, vinculado no sólo a “los artistas” sino (sean un subconjunto del total de los artistas o una expresión más pura de cierta esencia del ate) a aquellos artistas que están “interesado[s] en la condición humana”, construcción que, evidentemente, suena a profundidad, a seriedad. Nada más lejos de un cumshot en las tetas de plástico de Jenna Jameson.
Es interesante también el mecanismo conceptual –muy similar al de Lissardi– que conecta –de manera digamos instrumental– a los dos extremos del mapa: el gran arte puede incluir “procedmientos pornográficos” (en tanto lo ayudan a comprender o representar mejor la “condición humana”) pero no se ve contaminado por ellos: los procedimientos en sí mismos, en todo caso, no hacen arte. El gran arte puede servirse de elementos del porno (la representación del coito, diría Lissardi), pero al porno, en principio, no le interesa servirse del arte, en tanto lo que busca no tiene nada que ver con vislumbrar qué nos hace humanos.
Este primero de los “apuntes para una pornosofía”, entonces, señala el territorio sobre el que se habrá de operar, lo limpia y lo ordena, lo convierte en un mapa. En el segundo, unas cuarenta páginas más adelante, el impulso sigue intacto: con claridad de exposición y de visión, el narrador pasa a pensar el porno como una categoría compleja pero inteligible:
“En un imaginario eje horizontal, podríamos decir que en una punta está el “softcore”, casi de naturaleza inocente dentro del esquema (desnudos con poco detalle de zonas genitales, caricias, franela, y un poco de sugerencia). En el otro extremo estaría el porno “hardcore”: escenas superpobladas por el detalle, con penetraciones reales, donde la cámara se entromete entre piernas, miembros, labios y fluidos para mostrarnos todo (…) El hardcore, a su vez, tiene también sus vertientes (…) Una escena hardcore muy  básica constaría de lo siguiente: una mujer, un hombre, un arco de desarrollo muy claro: desnudez, sexo oral en varias posiciones, sexo vaginal, sexo anal, y finalmente, el tan mentado “lechazo”, “cumshot” o “baño de leche” que consiste en que el macho acabe sobre la mujer, en su cara, y si es posible, en la boca (conseguir que la mujer se lo trague es el gol). (pp.49-50)
Pero a partir de acá empezamos a sospechar que algo extraño está sucediendo en cuanto a la posible “pornosofía”. El narrador parece deslizarse más sobre la superficie del porno que buceando en sus profundidades: empieza a perfilarse no tanto un intento de “comprender” sino más bien una extensión del impulso primario a “clasificar”. El tercer apunte (p.103),  de hecho, es una lista de subgéneros extensamente comentada, pero lista al fin.
Ya para el cuarto de los apuntes (p.149) el impulso de generar un discurso sobre el porno parece haberse agotado. Convertido en nada más que un inventario, deja claro que el narrador ya no puede siquiera nombrar lo que encuentra en el mundo del porno y debe limitarse a “traducir” los nombres que ha aportado la industria (“gang-bagn”, “fist-fucking”, etc). El discurso del primer apunte se ha vaciado: el narrador no es capaz de imponer su mirada a la materia que debía ordenar. La declaración posterior de fracaso es, evidentemente, su retirada.
Los capítulos narrativos, por supuesto, construyen la peripecia de esa derrota, y, análogamente al proceso que termina en una mera reiteración de nombres apenas explicados (comparar con el tono mucho más “ensayístico” o incluso “autoral” del primer apunte y parte del segundo), nos muestra al narrador cada vez más inmerso en el porno, cada vez más convertido en una herramienta de las fuerzas que moldean ese mundo. En ese sentido, Mundo Porno es claramente la historia de un descenso, como Apocalypse now, y el Kurtz de esta novela es el pornógrafo (por momentos demasiado demonizado, cabe señalar), Marcelo Trotta, que acapara al narrador, lo manipula, lo convence de trabajar gratis, de irse a filmar castings y escenas de sexo en Mar del Plata,  etc.
Sin embargo, la historia del narrador con Trotta no termina en una derrota. Si podemos pensar que en la contienda narrador versus porno el que sale vencedor en esta novela es el porno, no podría decirse lo mismo del combate narrador versus pornógrafo. Llegado el momento, de hecho, el narrador hace acopio de sus armas y embiste. Pero, por supuesto, no hay relación posible entre la caída de un pornógrafo y la caída del porno. El narrador, evidentemente, lo sabe, y su lucha con la pornografía pasa más por entenderla que por exponerla como una forma del mal; en su derrota, nuestro joven cineasta no pierde lucidez:
“Por cada argumento acerca de la libertad de todas esas chicas que al ser mayores pueden firmar contratos y están en su facultad de ganar dinero como les plazca, yo recuerdo a Violeta, a Jana, a Julieta. Dirán lo que quieran de la explotación capitalista en las oficinas, y es verdad que eso sucede y es un asco, pero creer que eso ennoblece al porno es una falacia. El porno podría ser digno, pero la tendencia es hacia el polo opuesto. Las condiciones laborales han empeorado en todos lados, y el porno no es la excepción.” (p.192)
Evidentemente no se trata de una defensa, pero tampoco es un ataque ingenuo, porque el narrador sabe más, y lo sabe por la experiencia: ha estado ahí, ha visto, ha hecho, ha tocado, se ha “empapado”; aquí ya no importa que sea capaz de hablar sobre Antonioni o Kubrick: este conocimiento no deriva de su formación como cineasta, deriva de la experiencia, una fuente que –pese a no generar ningún conocimiento positivo en relación al porno– nos es propuesta como más sólida.
Se ataca, eso sí, a cierta crítica tonta, pero el tono de esta página –más cansado, más desesperado– es muy diferente al notoriamente combativo de la página 11, donde el narrador arremete contra una “señora de mediana edad” que había posteado en Facebook que “la pornografía es la teoría, la violación es la práctica”, señalando que “el problema con gente así es que siempre está dispuesta a combatir cualquier argumento, idea o pensamiento con alguno de los siguientes anclajes: el supuesto machismo aplastante (…), la referencia omnipresente a la dictadura de los 70 (…), y la opresión abrumadora a la que se ven sometidos los homosexuales y las minorías (…) No se trata solamente de la soberana boludez, sino que justamente adhiere a una peculiar mitología acerca de lo que es el porno”.
Siguiendo pautas de la narrativa autobiográfica –y en la línea de construir una noción de experiencia desde esta novela–, podemos leer Mundo Porno como un texto escrito para comprender lo vivido (y dónde se ha estado). Su narrador –y autor ficticio, digamos, que se nos propone desde la ficción (coincidencia de nombres y apellido) como coincidente con el autor real, Juan Manuel Candal– salió airoso de un combate con el monstruo (el pornógrafo) y se detiene a comprender qué sucedió, a entender al contexto de ese combate, que coincide con el territorio del porno, con el “mundo” del porno. Y es ahí donde fracasa. La escritura, si bien le deja un registro de su peripecia, a modo quizá de confesión, no lo conduce a un verdadero conocimiento, de modo que el porno permanece como un territorio salvaje: el hombre de la alta cultura no ha podido despejarlo, ordenarlo, no ha podido edificar sobre él, más allá de haberlo podido ubicar en un mapa y en relación a otras islas o continentes. Al final del libro, entonces, se tematiza –conceptual y narrativamente– una huida, un retorno a la zona de comodidad, que, más que filmar una película –lo cual no queda descartado– pasa a ser escribir un libro: Se vuelve a la alta cultura, digamos, a la literatura.
Cabría pensar que hay algo de “moralista” en la postura de Candal en su novela; sin embargo está claro que un pornógrafo “malo” no hace intrínsecamente reprobable al porno en sí. La pornografía, en su condición de incomprensible –y por tanto enteramente ajeno a la alta cultura de la que proviene y a la que regresa el narrador, incomunicados, aislados, como apuntó Lissardi (“ni siquiera corre entre ellos una línea fronteriza”)–, permanece en un concebible más allá de la moral –en tanto no ha sido aún colonizado por el impulso ordenador (ético y estético) de la alta cultura. “El porno podrá ser digno”, leemos, pero nunca llegaremos a saber positivamente si lo es.
Mundo Porno es una narración hábil, que construye un proceso conceptual clarísimo e inobjetable; parte de su seguridad narrativa, su aplomo, su buen pulso, podría pensarse que se basa en el hecho de que, sobre este asunto, para discutirle a Candal –para negarlo o para continuarlo– habría que sumergirse en el mundo del porno y salir airoso, cosa que evidentemente no es fácil.
En tanto novela presenta, sí, algunos defectos evidentes: la ya mencionada demonización un poco simplista del pornógrafo Trotta (que es bastante repugnante desde el principio y –pese a un breve y un poco artificial pasaje en que el narrador se esfuerza por decirnos que quizá, a esas alturas del relato, no era un tipo tan malo– y sólo empeora pasado el primer tercio del libro) y el segundo final (el capítulo “Otro final posible”) que no sólo es innecesario sino que socava un poco la experiencia de llegar hasta el final de la novela y cerrar el libro con satisfacción.
Dejando de lado esos detalles –más importante el segundo, quizá–, Mundo Porno no sólo se devora en una noche sino que además está llena de perlitas, de felicidades narrativas. Toda la secuencia de la gira por Mar del Plata, por ejemplo, está especialmente bien lograda, así como también el final de la contienda entre el narrador y Trotta. La escena, más o menos hacia la mitad del libro, de los premios a la industria porno argentina, de hecho, debería figurar en cualquier antología de la nueva narrativa del Río de la Plata.

Publicada en Leedor.com el 8 de octubre de 2012

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