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Mito, Pedro Peña



Experimentar los mitos


Quizá sea posible pensar en al menos tres estrategias que los escritores de ciencia ficción, slipstream, fantasía y new weird del siglo XX y del XXI han empleado a la hora de trabajar con los mitos. J.R.R.Tolkien, por comenzar con el más importante y el mejor, partió de la creación de lenguas ficticias y de la historia y mitología de los pueblos que las hablan en sus mundos ficcionales; para lograrlo se inspiró (y tomó prestados nombres: los enanos de El Hobbit, por ejemplo, surgen de la Edda mayor) en diversos mitos nórdicos y celtas, recreándolos en el contexto de la Tierra Media y sus habitantes. Así, los mitos que evocan los personajes de Tolkien (o su historia antigua, digamos), parecen recordar a los nórdicos y celtas, como si, de alguna manera, estuviesen hechos, esencialmente, de la misma sustancia. Y es, en última instancia, la idea de que podamos aislar, experimentar, apreciar y maravillarnos con esa sustancia mítica lo que aporta a nuestra percepción del logro creativo increíble del autor de El señor de los anillos.
Otra estrategia sería la de Neil Gaiman, quien en American Gods y en la saga Sandman incluye figuras tomadas digamos “literalmente” de los mitos y transplantadas a un contexto contemporáneo, de manera que, por ejemplo, podemos encontrar –en “The Kindly Ones”, penúltimo capítulo de Sandman– a una mujer poseída por las tres furias de la mitología griega o al dios nórdico Loki siendo engañado por otro de los personajes. El “reciclaje” de criaturas mitológicas puede, por supuesto, tramarse en plan irónico, como por ejemplo –para poner un ejemplo vernáculo– en “La venganza de los niños”, de Pablo Dobrinin.
Una tercera estrategia imaginable es la menos interesante (salvo para propósitos digamos enciclopédicos), y consistiría en volver a narrar los mitos, un poco a la manera de Robert Graves en Los mitos griegos.
Entonces, buena parte del interés de Mito, el último libro de Pedro Peña –y segundo, después de Eldor, en vincularse a la fantasía o lo fantástico–, es que incorpora estas tres estrategias posibles. Así, en los cuentos “Hermod”, “El lugar donde no hay miedo” y “Ojo que mira horizontes”, predomina la tercera manera de trabajar los mitos, con relatos que, más o menos, exponen momentos de las mitologías nórdica y griega. Dejando de lado el hecho de que pueda parecer una opción poco imaginativa, el fallo principal de estos relatos de Peña está en el lenguaje por momentos demasiado ampuloso que su autor elige para exponerlos, como si se buscara a través de cierta sintaxis, cierto léxico y ciertas fórmulas una suerte de parodia del lenguaje que cabría asociar a la exposición clásica de los mitos. Peña no siempre lo logra, lamentablemente, y aquí y allá incorpora incluso una dimensión irónica o de distanciamiento (como si se riera de su propia retórica) que no termina de cristalizar en una propuesta clara e interesante en sí misma.
La primera estrategia, la más, digamos, tolkienana, aparece en los relatos quizá más ambiciosos del libro, que intentan delinear una mitología propia. Así, “Los primeros” y “El libro de Pok” ofrecen un momento en apariencia más imaginativo del trabajo de Peña y fallan en cuanto a que es fácil sentirlos como una muestra demasiado somera o apresurada que tampoco termina de cuajar. A esto se añade el hecho de que, a nivel de detalles –un elemento de especial importancia en la literatura que se propone como creadora de mundos– Peña (acaso porque, reiterando algo ya dicho, la muestra sea demasiado pequeña) no parece haber logrado todavía acercarse a los logros imaginativos de ciertos autores que podríamos llamar “de segunda fila” dentro de la fantasía, como por ejemplo Terry Brooks, Robin Hobb, Diana Gabaldon y (la más cercana quizá a su sensibilidad) Elizabeth Haydon. De hecho, parte de lo que erosiona el disfrute de estos textos en tanto fantasía creadora de mundos es una suerte de inconsistente elección de nombres, que arroja a la licuadora una variedad demasiado amplia de registros y ofrece, en el contexto del mismo texto (“El libro de Pok”), nombres como “Meyras”, “Yves”, “Pewabic”, “Jamén”, “Lara”, “Kalogi”, “Cintiss”, “Chien D’or”, “Skeet” y “Muhak”, que parecen elegidos caprichosamente y que, en el contexto de un relato breve, terminan sonando como una chapucería o un gesto desprolijo. Curiosamente, no es la primera vez que algo así opera en el contexto de las ficciones de Peña: en “La gran tormenta”, uno de los textos que revisitan el mundo de Eldor (vinculado de hecho a “El libro de Pok”), se habla de los “tomiwoks”, criaturas que en un contexto dominado por el nombre “Eldor”, que suena parecido a “Endor”, el planeta en cuya luna transcurre buena parte de la acción de El regreso del Jedi, terminan con un nombre que suena demasiado cercano al de los ewoks, también personajes de la película mencionada y sin que, de hecho, Peña se proponga trabajar desde la cercanía con la saga Star Wars.
En cuanto a la segunda estrategia, Peña se acerca a ese procedimiento en “El dios verde”, uno de los cuentos más satisfactorios del libro.
Otro caso interesante es el de “Breve historia del imperio”, donde es trabajado el motivo, tan reiterado en la fantasía, del imperio antiguo cuya historia se confunde con el mito; aquí el modelo es, quizá demasiado evidentemente, “Cinco cartas de un imperio oriental”, de Alasdair Gray (del libro Historias ante todo inverosímiles), y, por desgracia, el esfuerzo de Peña palidece, y mucho, con la comparación.
El mejor texto del libro seguramente es “Luz que sube en la noche”, donde los motivos mitológicos son aprovechados en (o fundidos a) un cuento fantástico intrigante y por momentos ominoso.
¿Qué pasa, entonces, con Mito? Cabría verlo como un libro experimental, un libro que acaso servirá a su autor para saber qué líneas prolongar (la de “El libro de Pok”, integrada a Eldor, reclama un libro más extenso y profuso en detalles) y cuales silenciar o alterar drásticamente; a la vez, se trata de un trabajo arriesgado y a su manera valiente, cualidades que no abundan en la nueva narrativa uruguaya o, mejor, entre los escritores y escritoras que nacieron por las mismas fechas que Pedro Peña. Y pasa, además, algo que valdría la pena profundizar: Mito –al menos desde la contraportada, pero también desde una de las maneras posibles de leerlo más notorias– quiere inscribirse en la narrativa fantástica, pero no resiste la comparación con lo que está pasando en este momento en eso que cabría llamar la “narrativa fantástica”, al menos la del siglo XXI, la de cierta ciencia ficción, la del slipstream y el new weird, la de la larga herencia postolkieniana. Leído Mito desde lo que podríamos pensar como el mainstream o la literatura general, habrá quien elogie la imaginación de su autor; leído desde las tradiciones propias de los géneros a los que se acerca o en los que quiere instalarse, resulta verdaderamente chapucero, casi como si ignorara por dónde se han movido esos géneros en las últimas décadas. Leído en el contexto de la narrativa uruguaya, por otro lado, es un libro singular y atrevido. Probablemente, entonces, Mito sea las tres cosas a la vez: algo similar pasó con Eldor, que marchó con la legitimación de uno de los premios más importantes de la escena local y que mereció la reprobación de varios lectores digamos “especializados” en ciencia ficción. En cualquier caso, con todos sus defectos, Mito contribuye a consolidar a Pedro Peña como uno de los autores más interesantes (y menos grises, escrupulosos y retentivos) de su generación.

Publicada en La Diaria el 18 de diciembre de 2013

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