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Lo mejor de Connie Willis


Cuando se escriba la historia de la ciencia-ficción en Hispanoamérica deberá dedicarse (ya se ha hecho parcialmente, en revistas) un espacio importante a las diversas colecciones propuestas en el mercado editorial. Serían de mención ineludible la pionera Nebulae (donde
aparecieron por primera vez clásicos como Yo, robot, de Asimov, o El hombre que vendió la luna, de Robert Heinlein), los títulos de Minotauro (Crónicas marcianas, de Bradbury, El mundo sumergido, de Ballard, entre otros), la colección Acervo (Dune, de Frank Herbert), Superficción (con gran parte de la obra novelística de Philip K Dick), y las ediciones en bolsillo y rústica de Ultramar (donde pudo encontrarse incluso algún cuento de Levrero),
con las geniales portadas del artista catalán Antoni Garcés, por nombrar las más relevantes,
al menos en cuanto a cantidad de títulos y presencia de los clásicos. De todas estas colecciones la única que ha sobrevivido es la de Minotauro, que está en estos momentos
ampliando el catálogo castellano de Úrsula LeGuin con la serie Los anales de la costa oeste y algunas colecciones de relatos o novelas, como Planos paralelos y El ojo de la garza. Sin embargo, carece de la periodicidad que tuvieron en su momento Nebulae o Acervo, y
lamentablemente es sólo una imagen minimizada de lo que supo ser en su momento.
¿Convierte esto en un desierto al panorama ciencia-ficcionero castellano actual? Casi, al menos a nivel libros, ya que en cuanto a revistas, blogs y portales goza de muy buena salud. La excepción es Nova, la colección que edita Ediciones B en España y de la que llegan a nuestro país pocos pero interesantes títulos. Por ejemplo, la obra novelística completa de
Neal Stephenson (especialmente su ya clásico Criptonomicon, pero también La era del diamante y El ciclo barroco), las novelas Ilión, Hyperion y Olympo, de Dan Simmons,
y, como muestra de la reciente ciencia-ficción de corte “duro” o asimoviano, la trilogía Paralaje Neanderthal (Homínidos, Humanos, Híbridos), de Robert J Sawyer.
También hay que destacar la antología Obras maestras: la mejor ciencia-ficción del siglo XX, editada por Orson Scott Card, el autor de la ineludible trilogía de Ender. El último libro de esta colección en aparecer en Montevideo es Lo mejor de Connie Willis, volumen uno. Esta autora, nacida en 1945, es muy poco conocida en el Río de la Plata, pero se ha consolidado desde la década de los 90 como una de las voces más relevantes de la ciencia ficción
contemporánea. Ha escrito -entre otras- las novelas El libro del día del juicio final (1993), Por no mencionar al perro (1998) y Tránsito (2001), todas publicadas por Ediciones B en la colección Nova.
En 2008 obtuvo el prestigioso premio Hugo por su novela corta All seated on the ground, mereciendo hasta la fecha diez de estos galardones (entregados por aficionados reunidos en una convención) y seis Nébulas (votados por la asociación de escritores de ciencia-ficción de Estados Unidos).
Lo mejor de Connie Willis fue publicado originalmente en 2007 bajo el título The winds of Marble Arch and other stories, dividido en dos tomos para su edición castellana. Es una buena muestra de la variedad de temas y registros manejada por su autora, que siente una especial predilección (o al menos es lo que le sale mejor) por el viaje en el tiempo, uno de los tres o cuatro tópicos fundamentales del género (en el sentido de haber contribuido históricamente a su fundación, desde HG Wells hasta Asimov -El fin de la eternidad-
y Bradbury -"El ruido de un trueno") y manejado con maestría por Willis, muy especialmente en el cuento “Brigada de incendios”, el mejor del libro, en el que un historiador del futuro retrocede, con propósitos en un principio investigativos, a la Londres amenazada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El tema del desplazamiento temporal
aparece también en “Directos a portales”, un cariñoso homenaje al escritor de ciencia-ficción
Jack Williamson (uno de los fundadores del género en su época de las revistas pulp) en el que un hombre viaja a Portales, Nuevo México, por una entrevista de trabajo y encuentra un grupo de turistas muy especial.

Fuera de género
Connie Willis está entre esos pocos escritores de ciencia-ficción que pueden ser leídos fácilmente por quienes no suelen frecuentar el género. Esto también puede pensarse
atendiendo al uso cuidadoso que hace esta autora de los tópicos clásicos, eludiendo las extrapolaciones hiperbólicas de Philip K Dick o la jerga tecnificada de William Gibson, amén del aparato “científico” de Asimov, Benford, Clarke o Niven. A Willis le gusta introducir
lo cotidiano en sus relatos, en los que los “grandes asuntos” (imperios galácticos, invasiones extraterrestres, catástrofes plenetarias) suelen estar ausentes, o si aparecen -como en el sugerente “Daisy, al sol”, recogido en esta antología- lo hacen de un modo remoto, como
un escenario que más que ser presentado en su espectacularidad es aludido como un elemento más del mundo de todos los días. Sería interesante pensar mejor estas marcas de la escritura de Connie Willis a la luz de una posible poshistoria de la ciencia ficción, en la que últimamente suenan tanto -o más- los nombres de escritores que no pertenecen en principio al género, como por ejemplo Michael Chabon (curiosamente, Asimov había advertido “contra” esta tendencia en una fecha tan temprana como 1970, al referirse al escritor Samuel
R Delany); Willis surgió de la ciencia-ficción, pero, como sucedió en su momento con Bradbury, ciertasestrategias o rasgos característicos de su escritura aportan a una suerte
de “apertura” a una narrativa más general. De esto es un buen ejemplo el cuento largo “Los vientos de Marble Arch”, sobre una pareja de la tercera edad -o mejor dicho, al
borde de la tercera edad- que viaja a Londres a reencontrarse con viejos amigos y descubre una corriente de entropía y muerte corriendo por los túneles del Metro, así como también
son parte de este movimiento de “apertura” los quizá menos interesantes “Todas mis queridas hijas”, elaborado en un lenguaje coloquial futurista quizá malogrado por la traducción, y “Los vientos del Cretácico”, relato un poco pálido sobre los problemas de presupuesto de
una universidad.
Vale la pena, en resumen, meterse en el delicado mundo de Connie Willis y enterarse, de paso, qué está pasando en la ciencia-ficción contemporánea.

Publicado originalmente en La diaria, 28/5/2009

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