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1001 comics que hay que leer antes de morir, Paul Gravett (editor)


Instrucciones para el armado de listas



Es fácil –sin abrirlo siquiera– imaginar un buen conjunto de críticas posibles a 1001 comics que hay que leer antes de morir. Después, explorando un poco por arriba las reseñas incluidas, es muy sencillo también pensar qué opinaría, por ejemplo, un erudito especialista en comic argentino, a quien  casi con total seguridad le parecerá increíble que desde 1990 hasta 2011, es decir a lo largo de la segunda mitad del libro, que está ordenado cronológicamente según la fecha de primera edición de los comics reseñados, sólo se comenten Edén (Kioskerman, 2009), Macanudo (Liniers, 2004) y ningún otro libro de historietas publicado en Argentina.
Otro nivel de lectura (para un libro que, está claro, no está pensado necesariamente para leer de comienzo a fin sino, más bien, como un objeto de exploración gradual o una obra de referencia) permite descubrir reseñas muy malas, que parecen asumir que la única manera de comentar o leer críticamente una historieta es resumiendo su argumento y luego diciéndonos someramente quienes la crearon y que es lo mejor que se ha escrito y dibujado desde L’Incal (Jodorowsky & Moebius, 1980) o Les Bijoux de la Castafiore (Hergé, 1963). Hay también reseñas que no se entienden del todo, reseñas que parecen quedarse cortas en cuanto a la elaboración sobre las virtudes del comic en cuestión (la de Watchmen, por ejemplo, que hace pensar que para el reseñista lo único que cuenta de la famosa e influyente obra de Moore y Gibbons es que presenta a varios superhéroes con problemas emocionales) y reseñas llenas de elogios desmedidos. Por otra parte, algo así es esperable en un libro armado con las colaboraciones de 66 periodistas y críticos, que apuesta notoriamente a la diversidad de puntos de vista y maneras de leer en lugar de a presentar criterios uniformizados. Pero, a la vez, no pocas de las reseñas logran pautar una lectura significativa y lúcida en tan pocas palabras; las de Scalped (Aaron & Guera, 2007),  Sky doll (Canepa & Barbucci, 2000), Top 10 (Moore & Ha, 1999), The life and times of Scrooge McDuck (Don Rosa, 1994) y La quête de l’oiseau du temps (La Tendre & Loisel, 1982), por ejemplo, logran interesar al lector en las obras referidas y generar ansiedad de lectura (un efecto bastante claro de 1001 comics que hay que leer antes de morir, hay que decirlo).
En cualquier caso, y más allá de los aciertos y fallos puntuales de las reseñas incorporadas, muy difícilmente podrá un lector interesado en la historieta atravesar este libro sin quedarse con ganas de leer algún comic que no conocía (o releer algún clásico visitado por última vez hace años o décadas). A la vez, un recién llegado a la historieta, por supuesto, encontrará aquí una buena guía para abrirse camino (basta con pasar las páginas hasta que una portada interese especialmente y luego la lectura de la reseña confirme –o no– el deseo de conseguir ese comic en particular) no sólo entre los clásicos (Alan Moore, como era de mucho Moebius, Carl Banks, Will Eisner, Jack Kirby, René Goscinny, Robert Crumb, Hugo Pratt y Enki Bilal, por nombrar algunos referentes ineludibles) sino también entre las publicaciones más recientes, como por ejemplo la excelente Daytripper de los hermanos brasileños Fábio Moon y Gabriel Bá, o The Snodgrass Conspiracy, de Grady Klein.
Lo que no es 1001 comics, de todas formas, es una historia de la historieta. La variedad de enfoques de las reseñas vuelven imposible construir una serie de líneas evolutivas más o menos claras que nos permitan imaginar algo parecido a una continuidad entre The yellow kid (Richard Felton Outcaul, 1894) o The Katzenjammer Kids (Rudolph Dirks, 1897) y Mezolith (Haggery & Brockbank, 2010) o The Harappa Files (Sarnath Banerjee, 2011). De hecho, quizá tal continuidad no exista, pero en la poblada constelación que presenta este libro no hay argumentos para postular que sí lo haga o que no, y un lector que busque una voluntad de ordenar y presentar afinidades deberá conformarse con las notas de “influido por” en algunas de las reseñas, o, en otras tantas, la recomendación de “otras lecturas”, que tantas veces parecen requerir un texto más largo que defienda la atribución de afinidad entre, por ejemplo, The Maxx (Kieth & Messner-Loebs, 1993) y The Sandman (Neil Gaiman y varios artistas, 1989).
Volviendo un poco a lo del principio, es muy fácil señalar que tal o cual historieta no está presente a la vez que tal otra, que quizá lo merezca menos desde ciertas pautas o concepciones sobre qué cosas son virtudes en el comic y qué cosas no, es no solo comentada sino además puesta por los cielos (¿Macanudo? Por favor…); quizá al tratarse de 1001 comics –y no 101, digamos, donde parecería que la cosa queda bastante ceñida para los clásicos más influyentes o incuestionables– la fuerza del posible canon que proponen el editor y los reseñistas (y es interesante que sólo se recojan ediciones en papel, aunque lo sean de historietas originalmente publicadas en blogs y páginas web) quede un poco diluida. No faltará quien se pregunte, entonces, si hay 1001 comics de lectura “obligatoria”, como cabe preguntarse también si realmente hay 1001 novelas o 1001 películas, o incluso 1001 videojuegos que hay que jugar antes de morir, uno de los libros más disfrutables de esta serie; y la respuesta evidentemente es que sí, o que por qué no. En cualquier caso, sí que vale la pena explorar este libro y luego saquear una comiquería o poner a prueba el nuevo decreto que regula el máximo de gasto en compras por Internet no gravadas por impuestos. Y cada lector podrá bajar los 1001 comics a, digamos, 817.

Publicada en La Diaria el 17 de agosto de 2012

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