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Thomas Pynchon, Vicio Propio


Parece (o será un invento de Pynchon) que en un capítulo de una de las tantas series animadas para TV producidas por Disney el Pato Donald, Mickey y Goofy se encuentran a la deriva en el océano; pasan los días y a Donald, ya desesperado por la sed y el hambre, le crece una sombra de barba en el pico. ¿Qué quiere decir esto? Para empezar, podría pensarse que en su vida normal Donald se afeita todas las mañanas; de hecho, nunca antes había permitido, gracias quizá a la costumbre inflexible del afeitado matinal, que se le notara el más mínimo rastro de barba. ¿Pero por qué? ¿Acaso se trata de una costumbre impuesta por Daisy?
Esta pregunta se plantea Sauncho, uno de los personajes de Vicio propio, la última novela de Thomas Pynchon. También sobrevuela por ahí la historia de Lemuria, el continente perdido, que quizá reflote cerca de la costa de California, y se habla de conspiraciones (que recuerdan al mítico Trystero de La subasta del lote 49), de OVNIs, de drogas, de mafia, de crímenes y de mucho más.
El crítico uruguayo Gabriel Lagos comparó esta novela con El gran Lebowski, de los hermanos Cohen; en ambas el protagonista es una suerte de exhippie “fumeta” (para usar la traducción propuesta por la editorial Tusquets; el original es pothead) que sufre de desmayos y flashbacks de ácido en los que no son infrecuentes las chicas en bikini. También cabría añadir a estas genealogías los personajes de las novelas más californianas de Philip K. Dick, especialmente Confesiones de un artista de mierda, Sivainvi y Una mirada a la oscuridad, con sus adictos incapaces de abandonar el discurso imposiblemente erudito con el que examinan la vida, la cultura y sus alrededores. En el caso de la novela de Pynchon, Larry “Doc” Sportello es un detective privado al que una ex novia que está buenísima le encomienda investigar la desaparición del magnate de bienes raíces Mickey Wolfmann, un caso que comienza simple pero que pronto termina comprometiéndolo todo lo que hace al mundo de Sportello: los circuitos de distribución de la marihuana, el gobierno de California, los pasados sesentas, el rock, el jazz, y también el capitalismo, la civilización occidental, la Gran Farsa, como podría decirlo alguno de sus compañeros personajes. Y también ARPAnet, la primera red de computadoras operativa que, ya hacia 1970, era adivinada o sospechada o temida como un mecanismo más de control y que muestra también que al viejo libertario Thomas Pynchon no se le escapa nada. Eso, y que su capacidad para inventar detalles dementes, absurdos, paranoicos, graciosísimos –siempre lúcidos– es, incluso a sus setenta y pico de años, totalmente inagotable, por suerte.
Es interesante leer Vicio propio en relación a la producción más “breve” de Pynchon, es decir las novelas La subasta del lote 49 (1965) y Vineland (1990); las tres comparten referencias y también personajes, en una suerte de entramado subterráneo que comunica los distintos nodos de la ficción pynchoniana, desde V. (1963) hasta Contraluz (2006). En cualquier caso, forman un grupo claramente distinguible de las novelas más extensas, históricas (o metahistóricas), enciclopédicas y ambiciosas, como la ya mencionadas V. y Contraluz, además de El arcoíris de la gravedad (1973) y Mason & Dixon (1997). En ese sentido, Vicio propio es quizá la más accesible o amigable con el lector de estas novelas, libre –aunque no del todo– de las violentas digresiones y juegos temporales de otras obras. De hecho, la novela es casi una ficción de detectives (quizá sería mejor decir que es una ficción con detectives, que, de hecho, sigue bastante de cerca el molde clásico de la novela negra), o, al menos, lo más parecido a una ficción en la veta de Raymond Chandler que querría escribir Thomas Pynchon.
Otra manera de entrarle es a través de la construcción de época; aquí el autor no busca articular una pseudoucronía (al modo de Contraluz) o agotar las referencias históricas y culturales a una época determinada (como en Mason & Dixon), cosa que por momentos de todas formas hace, a través de acumular nombres, canciones y procedimientos de bandas de rock surf, por ejemplo, sino quizá generar la sensación de lo que pudo haberse sentido o descrito como una pausa en la historia, un breve descanso crepuscular tras la agitación de los años sesenta, pero jugando además a que después del recreo llega la hora de los monstruos. El fantasma de Charles Manson (y del concierto de Altamont que puso fin a la era hippie), la guerra de Vietnam y Richard Nixon parecen aguardar en todos los rincones, amenazantes, mientras va acumulándose la sensación de que todo lo sucedido en el pasado inmediato de la novela (y cabe imaginar a los Beatles en su apogeo, a los mod londinenses, al verano del amor, a Hendrix tocando “The star spangled banner” en Woodstock, a Timothy Leary, a los acid tests de los Merry Pranksters) pudo perfectamente haber sido una alucinación como las de Sportello; eso, o un malentendido; eso, o un chiste mal contado, un poco en la vena de aquel capítulo de los Simpson en que Homero descubre el pasado contracultural y hippie de su madre.
Pocos autores pueden manejar una apuesta tan alta como la de Pynchon, y salir airosos. Vicio propio hace eso y mucho más.

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