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Jonathan Lethem, Chronic City

La realidad de los incrédulos


En el prólogo a la antología The secret history of science fiction (La historia secreta de la ciencia ficción), los compiladores James Patrick Kelly y John Kessel recuerdan un artículo titulado “Close encounters: the squandered promise of science ficion” (algo así como “Encuentros cercanos: la promesa desperdiciada de la ciencia ficción”), publicado por Jonathan Lethem en 1998. El argumento que desarrollaba era más o menos así: en 1973 la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción de América otorgó el premio Nebula (la distinción más prestigiosa dentro del género) a Arthur C. Clarke, por su novela Rendez-vous with Rama (Cita con Rama), en lugar de dárselo a Gravity’s rainbow (El arcoíris de la gravedad), de Thomas Pynchon; ahora bien, de haber recibido esta novela el galardón (razona Lethem), toda la historia subsiguiente de la ciencia ficción hubiese sido otra: Para empezar, habrían sido abolidas las barreras que separan al género de la “literatura general” o, quizá, se habría acabado la idea de que la ciencia ficción es un género claramente diferenciable –como podría serlo el policial o la novela rosa.
Esto no sucedió, eso está claro, pero, sin embargo (razonan ahora Kelly y Kessel), el potencial literario de la ciencia ficción no fue desperdiciado en los años que siguieron al posible punto de inflexión señalado por Lethem, ya que un buen número de escritores –algunos provenientes del género y otros de la “literatura general”– escribieron obras de alto nivel artístico que pueden ser consideradas tanto ciencia ficción como literatura “fuera de género”.
Esa línea “subterránea” o “invisible” (Kelley y Kessel la llaman “la historia secreta” de la ciencia ficción) incluye a escritores y escritoras como Thomas Disch, Ursula K. LeGuin, Don DeLillo, Margaret Atwood, Lucius Shepard, Connie Willis, Gene Wolfe y Michael Chabon, a los que cabe sumar al argentino Rodrigo Fresán y a los estadounidenses Rick Moody y Jonathan Lethem.
Fresán, de hecho, escribió en la nota final a su novela El fondo del cielo (2009) que su libro, más que una novela de ciencia ficción es una novela con ciencia ficción, distinción que puede leerse como una adhesión a las ideas de Lethem, Kelley y Kessel y que, al haber sido enunciada como una línea de trabajo, se vuelve también una autoinclusión deliberada a esa “historia secreta” (y es interesante que Jonathan Lethem figure en los agradecimientos de Fresán y que se diga que el estadounidense “recomendó bibliografía especializada y […] contó la anécdota disparadora [de El fondo del cielo]).
Quizá lo mismo pueda decirse de The four fingers of death (2010, Los cuatro dedos de la muerte), presentada como una novelización publicada en 2025 de una remake de una película de terror de 1963.

Fantasmas

En 1982 Steve Martin protagonizó la película Dead men don’t wear paid (Cliente muerto no paga), una parodia/homenaje al cine negro que incluía metraje de películas clásicas del cine negro, editado para permitir que Martin “dialogara” con Humphrey Bogart, Ava Gardner, Burt Lancaster, Veronica Lake y otros actores y actrices. El efecto es fantasmagórico: espectros de celuloide se solapan en una trama difusa, una suerte de monstruo de Frankenstein cinematográfico, y para cualquier espectador no ingenuo (o no ignorante), de hecho, la ficción propuesta por esta película produce como mínimo un efecto inquietante, irreal.
Lo mismo sucede con la Manhattan de Chronic city, la nueva novela de Jonathan Lethem, y si bien podían encontrarse elementos de ciencia ficción en The fortress of solitude (2003, La fortaleza de la soledad), es en esta novela donde Jonathan Lethem hace su apuesta más fuerte hasta la fecha por sumarse a la “historia secreta” del género.
Pasadas las primeras páginas, el lector empieza a toparse con diversas anomalías en lo que podía haber sido nada más que una novela de corte digamos costumbrista sobre Chase Insteadman, un actor que trabajó de niño en comedias televisivas y que, con el paso de los años, vio su carrera reducida a trabajos de poca importancia como voz en off para contenidos extra en películas clásicas reeditadas en DVD. Hacia el comienzo de la ficción, Insteadman está aburrido pero a gusto en Manhattan, pese a que su novia está orbitando alrededor de la Tierra en una estación espacial y, al parecer, no tiene esperanzas de regresar con vida, cosa que, sin embargo, no es un obstáculo para la vida social: Después de conocer a Perkus Tooth, un crítico de rock venido a menos muy parecido a los personajes de novelas de Philip Dick como VALIS (Sivainvi) y A scanner darkly (Una mirada a la oscuridad), siempre dispuestos a explicar su nueva y definitiva teoría conspirativa o a reformatear radicalmente las ideas establecidas sobre una película o un libro, Insteadman toma contacto con un extraño mundo en el que la posesión de ciertos “calderos” vendidos en E-bay es la última moda, en el que en alguna parte de de Manhattan se encuentra Fiordo urbano, una inmensa escultura/instalación/abismo a la que la gente arroja monedas y pide deseos mientras un tigre robótico siembra el terror, en el que las distintas variedades de marihuana incluyen la Chronic, originada en un único árbol sagrado, en el que una extraña niebla cubre los edificios y en el que las personas fluctúan hacia adentro y hacia afuera de lo real como los fantasmas de celuloide en la película de Steve Martin, una de las favoritas de Perkus Tooth.

Cine, ucronías y Philip K. Dick

Pero hay más: en el mundo de Chronic city Marlon Brando quizá está vivo (los personajes no están seguros), y filmó películas desconocidas en nuestra realidad. Para complicar todavía más las cosas, hacia la mitad del libro se menciona un videojuego llamado Otro mundo más, suerte de vastísima simulación a gran escala que amenaza con imponerse como eje de una interpretación o quizá incluso como solución a tantos misterios, para, poco después, quedar reducida a otra irrupción incómoda que se suma a la impresionante complejidad de la novela. De hecho, cerca de en uno de los momentos de mayor irrealidad del libro se compara a Manhattan con una “prisión de hierro negro” (p.437), referencia es a la ya mencionada VALIS, de Philip Dick, una reescritura de ciertos temas gnóstico-cristianos –en clave de ciencia ficción– en la que el narrador (“Phil”) pasa por una serie de experiencias místicas (“reales” en el sentido de pertenecientes a la biografía “real” de Dick) que le hacen entender que nuestro mundo es espurio y que el tiempo que medió entre la destrucción del Templo de Jerusalén y la caída de Richard Nixon no fue otra cosa que un holograma en el que las fuerzas del mal mantenían prisioneras a las almas.
La inserción de Philip Dick es ciertamente una manera más de poner en evidencia la estrecha relación que mantiene Chronic city con ese género, en gran medida porque incluir esa referencia a VALIS permite apuntalar una lectura con apariencia de totalizadora (una posible interpretación a gran escala, si se prefiere el término) de la novela, no tanto que todo lo sucedido ocurra en un mundo virtual, el del videojuego Otro mundo más por ejemplo, sino que la distinción entre “mundo real” y “mundo simulado” es como mínimo problemática. Más que incorporarse a la tradición de la ciencia ficción “constructora de mundos” (Dune, de Frank Herbert, o la saga de Hyperion de Dan Simmons), entonces, Chronic city parece pertenecer a una línea “destructora” que pone en tela de juicio la posibilidad de un orden, de un cosmos (y otros ejemplos podrían ser Ubik, de Philip K. Dick y The lathe of heaven La rueda del paraíso–, de Ursula LeGuin). Pero quizá más interesante todavía es que Lethem (y Fresán, y Moody) escriben como si la ciencia ficción hubiese sido efectivamente integrada a la literatura general o como si –admitida su existencia como género en sí misma, abierta la posibilidad de una pos-ciencia ficción– todo su potencial, más que desperdiciado, se encontrase disponible en su totalidad para usarlo como un lenguaje, para trastocarlo, para llevarlo a “donde nadie ha estado jamás”, por parafrasear la presentación de Star Trek. Y no otra cosa, vale aclarar, hicieron los grandes maestros del género.
En cualquier caso, hay algo que sí queda claro: que Chronic city es una de las más fascinantes, desafiantes e imaginativas novelas publicadas en los últimos años, y que muchos venderíamos el alma al Diablo –o elija el lector la imagen que prefiera– por habernos adelantado a Lethem en su escritura.

Publicada en La Diaria  el viernes 28 de octubre de 2011
Jonathan Lethem, Chronic City (Barcelona: Mondadori, 2011) 

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