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Julian Barnes, Pulso


Cómo sobrellevar una relación larga


Pulso es un libro irregular. No porque la calidad de los relatos que lo integran sea dispareja: cuento tras cuento Barnes mantiene su estilo límpido, su pulso delicado de narrador, su sutileza, su capacidad para observar los tics de la clase media británica y su manejo de la ironía, por lo que, en ese sentido, se trata de un compilado sin fisuras. Lo que sucede es que no todos los cuentos valen la pena; en otras palabras, los hay excelentes (“El retratista”, “Pulso”, “Viento del Este” y “Armonia”) y los hay olvidables (“Complicidad”, “Las líneas del matrimonio”); los hay fascinantes (“Armonía”, “El retratista” y las cuatro partes de “En casa de Phil y Joanna”) y los hay francamente aburridos (“Invasión de la propiedad privada”, “Complicidad”).
Casi todos los cuentos se proponen indagar en diversas facetas de las relaciones de pareja, con un énfasis bastante notorio en las relaciones de largo aliento; también sobrevuela el libro un intento de construcción de la idiosincrasia de la clase media británica contemporánea, asunto en el que Barnes se maneja con soltura. “En casa de Phil y Joanna”, por ejemplo, dividido en cuatro partes y con la forma de diálogos interrumpidos finalmente por la intervención de un narrador en primera persona, se ofrece un catálogo implacable de miedos, miserias, hábitos, pequeñas felicidades y lucidez, a medida que los personajes (parte del juego propuesto por el relato es adivinar cuántos son) arman una imagen intrincada del mundo que les tocó vivir y de sus propias limitaciones a la hora de comprenderlo.
El recurso de construir personajes a través de comentarios sobre situaciones y pinceladas de una visión del mundo es ampliamente empleado por Barnes en este libro, y, como norma general, se proyecta una suerte de figura “autoral” (en tanto instancia superior a la del narrador) desde el uso de la ironía. En “Pulso”, por ejemplo, que está narrado en primera persona, es fácil sentir que lo que elije contar (o no contar) el narrador sirve ante todo para que quede claro el apego un poco exagerado que siente por sus padres y, además, las dificultades que experimenta a la hora de construir una relación estable. El artificio está especialmente bien logrado: leemos lo que nos cuenta el narrador pero también percibimos una intencionalidad que lo trasciende, un factor que “ordena” el material, un autor, en otras palabras, no carente de cualidades o incluso “ideas propias” sobre lo que está dejando ver, como si se tratara de la actitud de alguien que deja hablar a otro para que una situación (o un defecto) que desea señalar se vuelva evidente por sí misma. Así, los personajes de “En casa de Phil y Joanna” terminan por parecer prejuiciosos, egoístas y mezquinos… pero a la vez se tiende a pensar, a medida que avanzamos en la lectura de las cuatro partes del relato, que el retrato trasciende a las individualidades y apunta a la clase media británica, por lo que la conclusión termina siendo algo así como “la intención del autor aquí es hacer observaciones sobre la política británica de las últimas décadas y cómo ha moldeado las percepciones y pensamientos de las personas”. Es difícil, por supuesto, hablar de la intención de un escritor; en Pulso, sin embargo, hay una vocación clara –quiero decir: hay marcas que subrayan ese propósito– de hablar del modo de ser de una sociedad en particular.
Otro punto interesante de este libro es que un grupo discreto de cuentos contrasta notoriamente con los demás. Si bien existe un ordenamiento relativamente claro, ya que los textos están presentados en dos partes, con una primera centrada en asuntos estrictamente contemporáneos y una segunda que se permite tres cuentos  (“El retratista”, “Armonía” y “Carcasona”) instalados en el ámbito de la ficción histórica –el siglo XIX en el caso del primero, las últimas décadas del XVIII para el segundo y la primera mitad del XIX en el último, que tiene como personajes a Garibaldi y a su mujer Ana María de Jesús Ribeiro–, el efecto de lectura de hallarse de repente ante una ficción instalada por los tiempos de Mozart y los pianofortes (“Armonía”) es sorprendente y refrescante. Es cierto, de todas formas, que el posible tema principal del libro (cómo sobrellevar una relación larga, sea de pareja o paterno-filial) no está para nada ausente de las ficciones de corte histórico; “Carcasona” está centrado en la relación entre Garibaldi y su joven esposa, a la vez que “Armonía” apunta a la pésima convivencia entre los padres de la protagonista (una clavicembalista ciega) y a los efectos de esta turbulenta relación en la chica.
Quizá la primera parte del libro (la “estrictamente contemporánea”) se vuelva especialmente monótona o tediosa al llegar a sus últimos cuentos (“Invasión de la propiedad privada” y “Las líneas del matrimonio”); el salto que implica el primero de la segunda parte, “El retratista”, renueva el interés del lector, que probablemente cierre Pulso pensando que los cuentos de corte histórico están entre lo mejor que Julian Barnes, en esta oportunidad, le ha ofrecido.
Pulso es, entonces, un libro irregular. Pero esa, quizá, es su principal virtud, como si Barnes, seguro de su evidente talento como narrador, se hubiese propuesto arriesgarse un poco (no demasiado) y jugar con las expectativas y el aburrimiento del lector, ofreciéndole siempre (después de todo es posible que haya quien prefiera los largos y morosos retratos de tontos ingleses e inglesas) algo diferente a la vuelta de la página (o de las páginas, mejor dicho) para sacudirlo, para despertarlo.

Publicada en La Diaria el miércoles 29 de febrero de 2012

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