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varios autores, Prosas Herrerianas


Las vueltas de Julio

 

2010 fue el año del centenario de Julio Herrera y Reissig (1975-1910); para la ocasión fue publicada la excelente biografía La mejor de las fieras humanas, de Aldo Mazzuchelli, que, sin lugar a dudas, marcó un antes y después de los estudios sobre la vida y la poesía de Herrera; también apareció el ensayo Prohibida la entrada a los orientales, de Eduardo Espina, una valiosa y por momentos fascinante lectura de la poesía herreriana leída desde el barroco y el neobarroco. Fueron lanzadas también dos antologías, una  (complementada con un interesante dossier de artículos) a cargo de Roberto Echavarren y otra compilada por quien esto escribe, para Estuario Editora.
Un año después, a fines de 2011, Banda Oriental junto a la Biblioteca Nacional (más la Academia Nacinoal de Letras, el Instituto de Profesores Artigas y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación), publicó Prosas Herrerianas, Homenaje a Julio Herrera y Reissig, que compila seis ensayos más un apéndice que incluye palabras de Rubén Darío, Alberto Zum Felde y el propio Herrera y Reissig, y también una curiosa summa de poemas y homenajes al mayor poeta nacido al oeste del río Uruguay, con textos de intelectuales y poetas tan dispares como Hugo Achugar, Emilio Frugoni y Alfredo Fressia, entre otros.
El primero de los ensayos, “Tertulia lunática a la luz de la ficcionalidad”, de Roberto Appratto, es un interesante aporte a la exégesis de la obra maestra de Julio Herrera: “Parodia o no”, escribe Appratto, “la producción de faquires, osos polares, el joyel de Salambó, miasmas de fulguración, caries sórdida, panteón de bruma o arlequín tarambana pertenecen a un universo construido, tan ficcional como el argumento de una novela, y con su propio significado” (p.12). Es, desde luego, una línea de lectura a continuar.
Sigue Hebert Benítez Pezzolano con “Las décimas de Julio Herrera y Reissig: entre la gauchesca y el modernismo”, que lee los gestos detrás del empleo de la décima espinela (10 versos que riman ABBAACCDDC, en el caso de Tertulia lunática y Desolación absurda repitiendo la misma palabra en la rima del primero y cuarto versos) y concluye que “la memoria criolla y su negación, el modernismo y las fronteras de su desgaste terminan expuestos, la una y el otro, por esas milongas distorsionadas” (p.29).
El ensayo de Eduardo Espina (“La prosodia no cede a los acontecimientos”) indaga en el ritmo avasallante de los grandes poemas de Herrera (“estamos ante el mecanismo de un balbuceo y, todavía más, ante el balbuceante porvenir de una edad sin tiempo que está formándose en el poema”, p.72), y elabora ideas sugerentes sobre la sintaxis del poeta, en un texto que muy bien podría haber sido incorporado a Prohibida la entrada a los uruguayos.
Daniel Vidal se propone (“Julio Herrera y Reissig: parodia y seducción del discurso libertario”) pensar la construcción del discurso anarquista en el cuento “Eppur si muove” y en la pieza teatral La sombra, ambos parte de lo que podríamos llamar la producción marginal (o menos canónica) de Julio Herrera. “El poeta de la Torre de los Panoramas”, apunta, “se erigió una vez más en juez y parte de la institución literaria (…) Desde ese espacio arbitral, al denigrar la oratoria anarquista –obrera o intelectual– ratificaba el refugio aristocratizante del ejercicio poético. Esta posición era fiel a su individualismo burgués” (p.84).
El ensayo de Helena Corbellini, “Las bellas y la fiera. La mujer imaginaria del cronista social”, uno de los más disfrutables del libro, rescata las labores de Herrera como redactor de notas sociales, “retratos” de damas del 900 montevideano y verdaderas tomadas de pelo a las pobres lectoras, y las compara con la labor en el mismo terreno realizada por Delmira Agustini bajo el pseudónimo Joujou. Como señala Corbellini: “…Herrera hiperabunda  (al describir a una de estas señoras) en neologismos cacofónicos, hipérboles, un brebaje espesísimo de astros, gemas, sinfonías y todo aquello que pueda ser incluido en un catálogo de objetos de lujo. Es un ejercicio divertido imaginar el asombro de la dama en cuestión. Saber que hubiese provocado tanto la admiración de Platón como la de Plotino, la debe haber sorprendido; conocer a través del cronista/poeta sus vínculos con Cibeles, Budha y la Esfinge seguramente la dejaron perpleja. O molesta” (p.105).
Carina Blixen aporta el ensayo más largo del libro, “Julio Herrera y Reissig: artista exacerbado”, que pasa revista a varios conceptos (“raro”, “dandy”, “modernista”) aplicados al poeta, a la vez que indaga en la figura que sobre el autor de Tertulia lunática han construido diferentes críticos, Achugar, Echavarren, Espina y Mazzuchelli entre otros. “La devolución del escritor “exacerbado”, en guerra con los suyos”, concluye, “(…) implica una recuperación de una carga emocional fuerte, de una instancia de indignación que cuestiona la apatía y la indiferencia actual ante el artista. Su poder emana, paradójicamente, de la soldad radical en la que está colocado el escritor que ya no es portavoz o representante de una visión de la sociedad que abarque a otros” (p.147).
En síntesis, Prosas Herrerianas es un aporte valioso a la tarea de pensar y repensar a Julio Herrera y Reissig, y una muestra elocuente, una vez más, de la vigencia del poeta. 

Publicada en La Diaria el 2 de febrero de 2012

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