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A veces tarda, casi nunca llega, Pedro Peña



¿Quién asesina a los asesinos?



Pedro Peña ha añadido un nuevo título a su saga protagonizada por el periodista Agustín Flores. Tras un comienzo auspicioso y prometedor, pero todavía por debajo de sus potencialidades (Ya nadie vive en ciertos lugares), una segunda entrega de nivel notoriamente inferior pero no desprovista de importancia para el proceso del personaje (No siempre las carga el diablo), una tercer volumen especialmente sólido y bien logrado (Tampoco es el fin del mundo), el cuarto libro de la serie, A veces tarde, casi nunca llega, no sólo brinda al lector una narración cuidada y por momentos fascinante sino que también presenta a un Peña seguro de sus poderes como escritor y plenamente asentado en su oficio. Así, la prosa en esta novela, su tono narrativo y su panorama de registros, dan siempre en el blanco, libre de ciertas pretensiones líricas que entorpecían los primeros esfuerzos del autor (ciertas páginas de Eldor y de La noche que no se repite, por ejemplo). 
 
Quizá, entonces, estemos ante un momento especialmente atendible en la evolución de la escritura de Peña, sin lugar a dudas uno de los cuatro o cinco escritores más atendibles de la nueva narrativa uruguaya: tras la ya mencionada y excelente Tampoco es el fin del mundo (2012) y el experimento no plenamente exitoso pero sin lugar a dudas fértil que cabe leer en su volumen de relatos Mito (2013), Peña se acomoda en la figura de un narrador consciente de los caminos que ha decidido tomar y capaz tanto de ofrecer una narrativa de cuidadosa buena factura (Tampoco es el fin del mundo sería un buen ejemplo) como de arriesgarse a recorrer territorios más difíciles o jugados. 
 
Y quizá por ese lado pueda ensayarse una vía de acercamiento a A veces tarda…, una novela que de alguna manera reúne esos dos caminos posibles. 
 
Es decir: si bien buena parte de esta novela se mueve dentro de un molde que no sorprenderá al lector –en tanto moviliza figuras y procedimientos que, como bien señaló Rosalba Oxandabarat en las páginas de Brecha, pueden reconocerse como propias de la novela negra nórdica y, por lo tanto, ofrecen una suerte de versión “estilizada” de ese género y hacen uso de estrategias de eficacia probada–, la otra gran porción del libro, dedicada a seguir los pasos del recurrente Agustín Flores, se convierte en un texto considerablemente más rico y arriesgado, en tanto acusa un cuidadísimo equilibrio entre, por un lado, la tensión creciente en el lector que no termina de encontrar el lugar del relato que le es ofrecido en esa sección frente al de los otros capítulos del libro, centrados en un equipo de investigadores policiales que se enfrentan a un asesino serial, y, por otro, la relación entre la peripecia narrada y las ficciones anteriores protagonizadas por Flores, que por momentos parecen convocadas con urgencia. La fórmula, entonces, parece difícil desde su planteo, en tanto se trata de una novela que se propone hacer de buena parte de su anécdota una consecuencia de lo planteado en las tres que la preceden en la serie (y que, por lo tanto, obliga a su lectura y a la buena memoria), pero que, a la vez, genera página tras página la duda entre la relevancia de esa narrativa –armada a medias entre la escritura del libro y los contenidos de la memoria del lector– en relación al otro relato convocado, que parece no guardar relación alguna con Agustín Flores. Pero Peña supera la prueba y sale airoso en lo que bien podría ser pensado como un tour de force
 
Sería interesante detallar los procedimientos que permiten ese éxito, y en esa línea es fácil detectar un momento en la novela, hacia la página 97, que se produce una suerte de cambio de fase: la densidad de lo que cabría entender como guiños o pistas al lector (que es, en última instancia, el convocado a resolver la trama) se incrementa repentinamente y la narración acelera y se intensifica. A partir de allí, A veces tarda, casi nunca llega se convierte en una novela vertiginosa y memorable.
 
Es posible que la explicación puntual o concreta de cómo se da la relación entre el relato de Agustín Flores y la peripecia del equipo de policías pueda ser vista –al menos por un “purista” del relato policial, como sugirió Rodolfo Santullo, gran cultor del género, en su reseña de esta última novela de Peña–  como un poco endeble, pero eso apenas hace sombra al libro, que ya para ese momento ha mostrado sus mejores momentos. De hecho, la sección de Agustín Flores en el capítulo número 13 (pp.143-144) es quizá el momento más rico e intenso de la obra publicada hasta la fecha de su autor, y catapulta al libro hacia nuevos y fascinantes planos de sentido.
 
Quizá esa relativamente marcada diferencia entre las dos mitades de la novela podría pensarse como otro de los pequeños defectos del libro, que puede volverse un poco fatigoso o indeciso hacia su primer cuarto. Pero considerándolo en su totalidad ese detalle se vuelve completamente irrelevante o se incorpora a un plan más general de la novela. 
 
Entre lo más interesante de A veces tarda…, entonces, hay que proponer el trabajo sobre su estructura narrativa: las dos secciones principales (la narrada por Agustín Flores, marcada por itálicas, relato de una huída, y la del equipo policial, narrada en tercera persona y exposición clásica de un “caso”) ofrecen registros de escritura impecablemente trabajados en su tono y su horizonte lingüístico; el del equipo policial, además, ofrece una narración focalizada en diversos puntos de vista, que matizan y complementan a la suerte de eje ofrecido por Elizalde, algo así como el “protagonista” de esa sección y vuelven más compleja –y por tanto más interesante– la propuesta.
 
Los elementos que cabe pensar como “estilizados” en relación al género policial –o a la novela negra sueca en particular– obedecen en gran medida al empleo de personajes o estrategias que, sin volverse clichés, son reconocidos fácilmente por el lector y que cristalizan de inmediato en una vía de lectura; así, en Elizalde es posible ver una referencia al Wallander de Henning Mankell, a la vez que en el resto del “reparto” cabe apreciar un trabajo muy consciente sobre la estrategia narrativa de ofrecer personajes delineados apenas con dos o tres características estrictamente funcionales al relato. En efecto, el conocimiento del lector de cierto género o subgénero parece ser muy conscientemente aprovechado por Peña a la hora de generar efectos, crear climas y, finalmente, favorecer el funcionamiento de su trama.
 
Quizá en el corazón de esta novela haya una reflexión sobre la justicia (a la que parece remitir el título, por otra parte), llevada por Peña hacia el tópico –recurrente en el comic de superhéroes en general y en obras como Watchmen y The dark knight returns en particular– de la relación entre la justicia formal, con su carga de burocracia, y la acometida por individuos que ofician de vigilantes. La novela se permite un momento de especial relieve a la hora de considerar la posibilidad de que estos grupos de pretendidos justicieros puedan vincularse tanto a entidades de extrema derecha como de extrema izquierda; esto –leyendo ahora esta novela en contacto con la colección en la que fue publicada, Cosecha Roja de Estuario Editora– coloca al libro de Peña en un lugar considerablemente más interesante que, por ejemplo, El combatiente, de Renzo Rossello, donde la justicia “por mano propia” es aceptada con un mínimo de complicación y, además, aparece presentada en relación a un grupo de viejos tupamaros que hacen las veces de “los buenos” frente a al menos dos niveles de “malos”, el capitalismo corporativo por un lado y los viejos militares represores por otro. La novela de Peña, con esa pequeña pero rica sugerencia, trasciende el maniqueísmo más sencillo y se instala en un territorio complejo y, por tanto, satisfactorio y sugerente, a la vez que se anima a acercarse, a su manera, a lo que cabría pensar como una “novela de ideas”, un texto que se anima a decir o, mejor, a preguntarse. 
 
Y eso, también, la convierte en un texto especialmente destacado en el contexto de la nueva narrativa uruguaya.

Publicada en La Diaria el viernes 10 de octubre de 2014

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