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Los sillones marchitos, Felipe Polleri



Los ataques de Polleri

“Polleri otra vez al ataque”, leemos en la contraportada de Los sillones marchitos, la última novela del autor de La inocencia y Gran ensayo sobre Baudelaire. La oración comporta, evidentemente, que los lectores entendemos que Polleri ya ha atacado antes: hay implicada, entonces, una caracterización de la obra del escritor, de su perfil, de su pose; “describe (…) degradantes costumbres con una prosa furiosa y burlona, donde la sociedad de consumo y la lumpen burguesía son los blancos”, leemos en la misma contraportada, justo antes del “Polleri al ataque”. Eso, se nos propone, es lo que de alguna manera traza un contorno para la obra de Felipe Polleri: podemos esperar eso siempre: por ahí andan los “ataques”.
Pasando las ventiladas 94 páginas de la brevísima novela el lector de Polleri sin duda ya ha encontrado lo que espera al meterse en sus libros. En ese sentido, Los sillones marchitos no desilusiona; es, de hecho, un aporte valioso a la bibliografía de su autor, más interesante que El pincel y el cuchillo, por ejemplo, y vinculada de cerca a La inocencia, quizá su mejor libro. ¿Vinculada de cerca? Bueno, todas las novelas de Polleri –esto parece una suerte de obviedad– están “vinculadas de cerca”, entre sí. En Los sillones…, de hecho,  tenemos no sólo a la “lumpen burguesía” de La inocencia sino también los juegos de erosión de la narrativa de esa misma novela y de Gran ensayo sobre Baudelaire; tenemos, además, los personajes marginales o marginados, la sordidez, el lenguaje que se busca crudo, visceral, y, especialmente, el mismo humanismo disfrazado (a veces mejor, a veces dejando que se caiga la careta) de nihilismo –y en ese sentido podría resultar interesante leer a Polleri desde la dicotomía nihilismo/humanismo que el ensayista argentino Pablo Capanna propusiera para trabajar la obra de J.G.Ballard en el ensayo El tiempo desolado (1990, 1991, 2009). Polleri está cerca de la figura del autor siempre idéntico a sí mismo, como si se nutriera de su propia carne, digamos.
Los sillones marchitos nos instala en un edificio habitado por gente de clase alta o media alta; en la portería trabaja el protagonista, del que pronto sospechamos que se trata en realidad de la invención literaria de uno de los habitantes del edificio, un “negro” –literalmente, cabe pensar, pero también jugando con la idea de “negro” como el escritor que escribe para que otro firme su obra, que enmascara su nombre, que posa otra identidad por dinero–; a la vez, el portero –que se duerme en su trabajo, que a veces también se masturba en el sillón verde de la portería– nos es presentado como un “Ordenador”, algo parecido a un ángel, en una teología bastante más amarga que las más al uso: “los Ordenadores sabemos que jamás existirá el Paraíso en la Tierra; humillar a los demás, sobre todo a los indefensos, sobre todo a los porteros, sobre todo a los retrasados, es la necesidad más fuerte de la especie humana. Podrán vivir sin porteros; no pueden, jamás podrán, vivir sin humillarlos continuamente: el idiota, el abombado, el dormido, el pasmado…”.
La novela está ordenada, además, como un diario escrito, en general, por el portero, por el Ordenador; las fechas, sin embargo, pronto resultan imposibles de ordenar en una secuencia lineal: de esta manera –y por el relato de la impostura de la voz que se propone desde el “negro”– al terminar Los sillones marchitos la historia propuesta se desvanece, se anula a sí misma. Y queda, como suele suceder con los libros de Polleri, una inquietud, un malestar.
La literatura uruguaya reciente, más que con la figura del continente, parecería mejor descrita con la del archipiélago. Un conjunto de islas, entonces, algunas más cercanas y aglomeradas, otras más separadas; algunas conectadas por puentes, algunos puentes que colapsaron en los últimos dos o tres años. Y la isla Polleri a veces parece alejarse, como si convocara cada vez más océano a su alrededor: pensado como línea, entonces, el autor de El dios negro no puede ser más que un callejón sin salida, ocupable sólo por él mismo: como dijo Bolaño de Osvaldo Lamborghini (un escritor cuya estética parecería tener puntos en contacto con la de Polleri), aquí no hay escuela posible. Es interesante, de todas formas, seguir pensando el lugar de Felipe Polleri en el posible mapa de la literatura uruguaya contemporánea. La gastada y difusa figura del “raro” parecería fácilmente invocable, por ejemplo, pero eso es casi no pensar.
Hace poco, en la Feria Internacional del Libro, se habló del “nuevo canon” de la literatura uruguaya, en una mesa –convocada por Casa Editorial HUM– que incluyó expositores sobre la obra de Roberto Echavarren, Ercole Lissardi, Felipe Polleri y Gustavo Espinosa. Si ese canon (que quizá exista) tiene un centro, Polleri, con su obra iterativa, recurrente, minuciosa, a veces con la mueca de un niño malvado, a veces exhibiendo sus miserias, casi siempre con lucidez y aplomo, es a él, evidentemente, el más remoto de los cuatro escritores invocados. Pero, a la vez, está claro que el viaje hacia la oscuridad de su órbita vale la pena; Los sillones marchitos, entonces, es una cápsula ideal para semejante desplazamiento.

Publicada en La Diaria el lunes 26 de noviembre de 2012

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