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Las constelaciones salvajes, Pola Oloixarac; Las redes invisibles, Sebastián Robles; El brujo, Matías Bragagnolo; Cataratas, Hernán Vanoli

Idas y vueltas de la ciencia ficción argentina



 
Mucho se ha escrito sobre el presunto “agotamiento” de la ciencia ficción. La idea básica es simple: en un mundo en que el cambio tecnológico resulta tan vertiginoso como en el nuestro, la idea misma de una literatura que explore el futuro parece problemática. Y podemos sumar otra idea similar: que en los países del llamado Tercer Mundo las circunstancias que condicionan al desarrollo científico afectan severamente la posibilidad de una tradición literaria de ciencia ficción.

Ambas ideas son como mínimo discutibles, pero parece clarísimo que en los últimos años la ciencia ficción ha dado pocas señales de agotamiento en tanto nuevas tendencias han seguido apareciendo, nuevos nombres de interés han surgido en el mercado editorial y no dejaron de ser publicados libros que podrían reclamar el estatuto de clásicos del género (como Historias de tu vida, de Ted Chiang, de 2002, o El problema de los tres cuerpos, de Liu Cixin, publicada originalmente en chino en 2006 y traducida al inglés en 2014, además de La ciudad y la ciudad, de China Miéville, publicada en 2009, o la vasta serie El ciclo barroco, de Neal Stephenson, de 2003-2004).

De hecho, en las últimas décadas se ha vuelto especialmente evidente la tendencia –que algunos han bautizado “poscienciaficción”– a la incorporación por parte de autores mainstream –es decir de “literatura a secas” o “literatura sin género”– de temas vinculables a la ciencia ficción. Es el caso, por ejemplo, de no pocas novelas de Jonathan Lethem (particularmente Chronic City, de 2009), de cierta ucronía de Philip Roth, de las novelas distópicas de Margaret Atwood, etc.

Esa tendencia también alcanzó a la literatura en lengua castellana, y aparecieron así novelas como El fondo del cielo (2009), de Rodrigo Fresán, y la más reciente Iris (2014) de Edmundo Paz Soldán. Entonces, repasando los libros publicados recientemente en Argentina, esa “poscienciaficción” aparece como una tendencia ineludible.

Habría que empezar por Pola Oloixarac (1977) y su novela Las constelaciones oscuras. Buena parte del libro puede ser leído como la historia de la formación de un hacker, y además hay hechos fundamentales para la trama que transcurren en 2024. Aparecen también referencias a Lovecraft –mejor dicho, es visible la construcción de ciertos climas evidentemente lovecraftianos, por ejemplo en las primeras 26 páginas– y una recurrente exploración de temas vinculables al biopunk (el subgénero de la ciencia ficción que tiene a la biotecnología como una preocupación central, en particular a la ingeniería genética) o, incluso, a cierto horror biológico a la David Cronemberg evidentemente vinculado a la ciencia ficción.

La novela sigue de alguna manera la línea inaugurada en Las teorías salvajes (2008), primer libro de Oloixarac, en tanto su escritura juega aquí y allá a convertirse en una suerte de parodia de ciertos discursos antropológicos, pero logra avanzar hacia el territorio en que podemos encontrar Al límite (2013), la última novela de Thomas Pynchon, y buena parte de la narrativa tardía de William Gibson: la exposición del cambio tecnológico y sus efectos sobre la vida cotidiana, sobre cómo nos pensamos en tanto seres humanos o quién sabe qué cosas. Las constelaciones oscuras, con su permanente retorno al tema de la separación entre las especies, la hibridación y el devenir de los seres en nuevas taxonomías posibles, construye un mundo ligeramente alternativo, lo proyecta menos de diez años hacia el futuro y lo hace estallar. Como en tantos clásicos de la ciencia ficción, hacia el final la propuesta de valor literario bebe no tanto de una narrativa tradicionalmente sólida (esa menos jugada, más conservadora) como del juego con las ideas y la escritura que las pone en movimiento. Una novela “de estilo”, podría pensarse, que es también (o precisamente por ser una cosa es la otra) una novela “de ideas”.

Quizá, en ese sentido, el apropiamiento de pautas narrativas, imágenes, recursos y procedimientos típicos de cierta ciencia ficción (la posterior a la publicación de Neuromante en 1984, mayoritariamente) le sirve a Oloixarac como la manera perfecta para actualizar al siglo XXI, a la era Google y al transhumanismo la llamada “novela de tesis”.     


El siglo de las redes
Las redes invisibles, de Sebastián Robles (1979), retoma los géneros del “ensayo ficticio” –por llamarlo de alguna manera– y las “biografías imaginarias”, que desde la ciencia ficción hacen pensar en la obra de Stanislaw Lem (en particular los libros Vacío perfecto, de 1971, y Magnitud imaginaria, de 1973) y desde el canon argentino y latinoamericano remiten evidentemente a Borges, Wilcock y Bolaño. El libro incluye diez textos breves, y cada uno de ellos tiene como tema una red social ficticia. Todos, a su manera, proponen un presente alternativo, un mundo (ligeramente) diferente al nuestro, y algunos incluso sugieren algo así como un futuro cercano o cercanísimo. Hay una red para enfermos terminales (“Tod”), una hecha de niveles vacíos a través de los que el usuario va avanzando por el mero hecho de avanzar (“Mamushka”), hay relatos de verdadero terror (“Hospital”), hay referencias al canon del género (“Cthulhu”) y al otro (“Tlön”), fundiéndolos evidentemente en uno solo, y hay una gran ucronía, seguramente el texto breve más inteligente publicado en los últimos años en la Argentina (“Crítica”), donde se nos propone la existencia de una red social ya temprano en el siglo XX, con todo el proceso de la literatura argentina reescrito a partir de esa irrupción. Quizá podría hablarse de una nueva variante de la ucronía: aquella que modifica puntualmente la historia del arte, la de la literatura en este caso, pero está claro que el texto de Robles es, además, una manera de llamar la atención sobre las redes sociales como fenómeno también (o primordialmente) literario –y en ese sentido no es trivial que el texto esté dedicado a Juan Terranova, uno de los escritores y críticos que más seria e inteligentemente han pensado el tema de las redes sociales.

Las redes invisibles es también un libro de ideas, una “novela” de tesis, y en ese sentido (además de, por supuesto, el trabajo sobre y desde la ciencia ficción) dialoga con Las constelaciones oscuras. Del mismo modo, con un giro hacia la sociología y una preocupación específica por las vidas, el lenguaje y el pensamiento de los investigadores de ciencias sociales en la Argentina, cabe incorporar a esta lista a Cataratas, de Hernán Vanoli (1980).

Vanoli no es un extraño a esta relación entre mainstream y ciencia ficción, en tanto sus libros anteriores (el compilado de cuentos Varadero y Habana Maravillosa, de 2009, y la novela Pinamar, de 2010) se acercan al género a través de cierta manera de tomar prestados climas y procedimientos sin dar, digamos, el salto de presentarse estrictamente “como” libros de ciencia ficción. Cataratas –cuya trama transcurre en un futuro cercano– está atravesada de pequeñas referencias a gadgets futuros y a su relación con la vida cotidiana, a la vez que se ofrece por partes iguales como un comentario sobre la vida de los investigadores becarios del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) argentino –y por lo tanto ofrece una ciencia ficción que remite marcadamente al presente, que habla del presente–, y como una novela de aventuras.


Terror en la cárcel
Si bien los tres libros mencionados se parecen en su uso de la ciencia ficción –o en su manera de ser ciencia ficción– también es cierto que los separan diferencias que podríamos llamar “de escritura”. Es decir: donde en Oloixarac se percibe una cierta efervescencia o exuberancia de estilo, un lenguaje que se ocupa en deslumbrar, en el libro de Vanoli hay más bien un mecanismo desencantado del poder expresivo de ciertos recursos consagrados, un estilo, digamos, atravesado por reiteraciones, por un tono más bien uniforme y opaco. Robles, por su lado, escribe en una prosa clara, equilibrada y “periodística” que, sin embargo, cristaliza astutamente aquí y allá en momentos de extrañamiento o incluso ominosidad.

Pero es más lejos que hay que ubicar a El brujo, de Matias Bragagnolo (1980), el más claramente inmerso en un género (o en dos: ciencia ficción y terror) de los libros mencionados, hasta el punto que –a diferencia de los otros incorporados a esta nota– fue publicado por una colección de género –de novela negra, en rigor, atribución justificada por el ambiente carcelario que domina el libro y lo acerca a la ficción “tumbera”.

Posiblemente se trate de una manera de “pararse” en el campo literario diferente: donde Oloixarac, Vanoli y Robles toman recursos y procedimientos y los insertan como una pieza más de su maquinaria y, a la vez, se piensan en diálogo con el mainstream o –incluso– con una literatura vista desde fuera de los géneros narrativos y la digamos sociología editorial de esos géneros y el espacio que los rodea, Bragagnolo trabaja desde recursos específicos explorándolos en una búsqueda de novedad o “vuelta de tuerca” que tiene más de la vocación de hacer algo nuevo desde lo mismo –esa actitud fundamental a la narrativa de género– que del impulso de usar esos elementos o recursos como herramientas.

El brujo, en todo caso, se propone notoriamente inquietar, y por ello establece con el lector una relación diferente a la que postulan Cataratas, Las redes invisibles y Las constelaciones oscuras. Centrada en la extensa exploración de una cárcel construida en el futuro cercano –en una distopía en la que Argentina ha vuelto a ser gobernada por la extrema derecha… ejem… ejem…– se convierte sin duda en una de las experiencias de lectura más desafiantes (y deslumbrantes) propuestas por la narrativa rioplatense reciente.

La novela de Bragagnolo marcaría el borde, si se lo quiere ver en esos términos, de esa zona de la literatura argentina reciente que incorpora la ciencia ficción y trabaja con ella o desde ella. Más allá está la ficción publicada como “de género” por editoriales “específicamente de género”, firmada por nombres no asociados al mainstream y ofrecida con “militancia del género” y por tanto consciencia exhaustiva de su historia. En ese sentido, el panorama se reduce a algunas revistas y una editorial, Ediciones Ayarmanot, que ha ofrecido en el último año y medio cuatro colecciones de cuentos y tres novelas. Valdría la pena, entonces, el ejercicio de explorar esa ficción y leerla en relación a las novelas que acabamos de comentar (y a otras asimilables en mayor o menor medida a esta tendencia, como podría ser El recurso humano, de Nicolás Mavrakis), todas ellas ciencia ficción en un sentido más amplio y fresco del término. En cualquier caso, podríamos quedarnos con la idea de que en 2015 se volvió visible una tendencia –entre escritores mainstream con marcada proyección editorial incluso internacional, Oloixarac a la cabeza de los cuatro mencionados– a meterse con la ciencia ficción, y eso sin duda es un hecho llamativo para la historia del género por estas partes del mundo.



Publicada en La Diaria el 3 de febrero de 2016

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